Los cambios educativos en nuestro país han sido, en general, bandazos que nos llevaron de un extremo a otro, sin puntos medios. El último tercio del pasado siglo se caracterizó por una crítica constante a la enseñanza y aprendizaje tradicionales, al mismo tiempo que se implantaban, sin ningún contraste riguroso, las nuevas corrientes pedagógicas que imperaban en Europa. De la revolución progresista inglesa, promovida en 1967 por el comité Plowden, copiamos dos ideas: el aprendizaje por sí mismo del alumno y el obstáculo que suponía a la creatividad la gramática y la puntuación. Se llevaron a la práctica y muchos recordamos el estrepitoso fracaso de las famosas fichas y libros consultores de los alumnos, para que trabajasen solos. La consecuencia fue, al menos, una generación ignorante y la incapacidad para redactar y expresarse correctamente, que aún persiste hoy.
Fruto de un constructivismo mal entendido, nació la aplicación errónea de la evaluación continua, que llevó, con el desarrollo de la Logse, a la supresión de los exámenes, a un absurdo sistema de calificaciones, o a la promoción automática de curso. La memoria fue denostada y confundida, de una forma muy similar a autoridad y autoritarismo, con el memorismo. De un aprendizaje excesivamente mecánico, se pasó a otro más comprensivo y significativo, pero con una gran carencia de esfuerzo de retención. Se sigue rindiendo culto a las capacidades, habilidades o competencias; al saber hacer, pero no al saber a secas. La consecuencia es que los alumnos saben cada vez menos. Tienen lagunas (o mares) de conocimientos, inconcebibles en una simple formación básica. Es cierto que hoy no tendría sentido aprender de memoria la lista de los reyes godos, la tabla periódica de los elementos o las poesías de Bécquer, pero tampoco lo tiene carecer de los conceptos esenciales de Historia, Química o Literatura, por citar solo tres materias.
La implantación de las nuevas tecnologías no ha contribuido a mejorar esta situación. Recientes estudios confirman lo que es palpable en los centros educativos: los alumnos plenamente digitalizados tienen menos capacidad de esfuerzo intelectual, de concentración y de memoria. Además, no utilizan estas tecnologías para adquirir conocimientos, sino para descargar archivos de Internet o comunicarse en las redes sociales.
Ser una persona culta es cada día más complejo, porque las competencias imprescindibles no dejan de aumentar. Pero no cabe la menor duda de que ser culto siempre va a implicar el dominio de un conjunto de conocimientos fundamentales. Y hay que saberlos; no basta con localizarlos. Su delimitación, con el ingente volumen de información actual, es tarea de los docentes, y aprenderlos, de los alumnos, con un constante trabajo intelectual y de memorización. Y esto, no puede hacerlo el ordenador por ellos.