La foto de esta semana en Twitter fue la de las gemelas de El resplandor 34 años después. Las crías tienen hoy el aspecto de unas cordiales vecinitas, pero si se las compara con su icónica apariencia infantil, enseguida se deduce por qué su presencia estática y duplicada removía algo por dentro.
Lisa y Louise Burns reaparecen para advertirnos que la placidez de las arrugas, la piedad que despierta la edad, puede ser a veces una máscara. El ejemplo más tajante es el de los carniceros nazis capturados y juzgados siendo ancianos. Ese aspecto doblegado desata en el que mira un respingo de incredulidad. Supongo que es una protección antropológica para que podamos seguir soportándonos. Einsenhower mandó fotografiar los campos de exterminio de Dachau y Buchenwald «para adelantarse a un tiempo en que la gente no creerá que esto ha ocurrido». Puede que Ike confiara demasiado en el progreso humano.
Las canas de Baltar han convencido a muchos de que la concluyente condena dictada contra él por haber hecho de la Diputación de Ourense su rancho es un despropósito temporal que por llegar tarde solo sirve para incomodar a un jubilado. Es verdad que no dice mucho de esta sociedad que solo nos hayamos atrevido a pelear cuando el rival se encontraba diezmado por los años, pero insinuar que lo que procedía era dejar pasar sus tropelías todavía diría mucho menos de nosotros.
En Cataluña, un Pujol de edad provecta se enfrenta al fin al deshonor de que el mundo conozca el detalle de sus fechorías. Como con Baltar, nadie se atrevió con él cuando rechupeteaba a los catalanes como si fueran calçots. Habrá quien se deje conmover por su decrepitud. Habrá quien alegue que el proceso llega tarde. Nunca debería ser tarde para la justicia.