Alma de contable


Lástima que no existan catas a ciegas de las reformas fiscales. Me gustaría saber quién es el fenómeno capaz de averiguar si la ha realizado un equipo del PSOE o uno del PP. Desde la transformación fiscal de Fernández Ordóñez, que le dio la vuelta a nuestro sistema tributario, los ministerios de Hacienda han sido entregados a hacendistas, con más alma de contables que de ideólogos ansiosos de manejar una de las grandes armas políticas de la ciencia económica.

Rajoy, que nunca fue ministro de Hacienda, pero bien pudiera haberlo sido, entendió que su única preocupación era ejercer de recaudador de tributos, de tantos como fuera posible, para, de un lado, saciar las necesidades financieras del Estado y, de otro, para tranquilizar a los mercados financieros. Ahora, en consonancia con la nueva etapa de certidumbre económica, camina hacia atrás, de modo similar a un cangrejo, buscando acercarse al sistema fiscal español de la precrisis. Intenta deshacer el camino andado y al hacerlo desea vendernos que está diseñando un proceso reformista. Nada de nada. Hace su juego electoral. Aunque bien es cierto que introduce algunas particularidades, como el intento de equiparar el tipo efectivo del impuesto de sociedades al teórico, de tal modo que se incremente la hasta ahora ridícula factura fiscal de las grandes empresas. Otras medidas, conocidas esta semana, como las exenciones a los incrementos patrimoniales para aquellos mayores de 65 años, no buscan más que guiñarle el ojo a las clases medias, el cuerpo social que se verá más perjudicado por la pérdida de poder adquisitivo de sus futuras pensiones.

Los sistemas fiscales tienen la capacidad de alterar el comportamiento de los agentes económicos, y esto, en algunos casos, es negativo, pero en otros puede ser tremendamente positivo. España debe decidir si desea ser tierra de trabajadores y empresas, de ciudadanos respetuosos con su medio ambiente o si, por el contrario, desea ser lugar de cobijo de rentistas y especuladores.

Si aspira a lo primero, debe favorecer de un modo más evidente las rentas del trabajo y simplificar y reducir las cargas fiscales de las pequeñas y medianas empresas. Y lo que es aún más importante, debe gravar los recursos ociosos, como las tierras inactivas o los inmuebles vacíos. Y en paralelo a ello, hacer una reforma administrativa y otra local que nos sitúe en Europa y evite que el poco dinero que tenemos haya que destinarlo a estructuras que solo sirven para mantener los privilegios insignificantes de unos pocos.

Venancio Salcines es Presidente de la Escuela de Finanzas.

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