¿Quién de ustedes posee un Ferrari Testarossa?


Este artículo debería haber tenido un título muy largo que, por desgracia, no cabe en el espacio disponible: ¿Quién de ustedes posee tres Ferrari, tres Porsche, dos Mercedes, un Lotus, un Jaguar y un Lamborghini? Incluso cabría haber optado por un encabezamiento diferente (¿Quién ha visto juntos en alguna circunstancia de la vida tres Ferrari, tres Porsche, dos Mercedes, un Lotus, un Jaguar y un Lamborghini?). Ante tal pregunta, la respuesta de los lectores de La Voz, como la de la inmensa mayoría de los de cualquier otro periódico del mundo, no habría variado: casi nadie.

Pues bien, a los que no hayan leído la noticia, yo se lo diré: todos esos cochazos -once, en su mayoría de coleccionista y valorados en una cantidad de vértigo- forman el parque móvil de Jordi Pujol Ferrusola, hijo de quien fuera durante casi un cuarto de siglo presidente de la Generalitat.

Si Pujol hijo descendiese de Bill Gates o Amancio Ortega -quienes han demostrado una discreción y buen gusto en la forma de gastarse su dinero que está a años luz del comportamiento hortera del vástago de uno de los padres del secesionismo catalán-, nada habría que decir, salvo, quizá, que un amante de los coches jamás hubiera dejado de incluir en su colección un Aston Martin. Y es que también para ser chulo piscinas hace falta algo de clase.

Pero no siendo posible determinar cómo ha podido ese gran amante de la automoción reunir la pasta necesaria para hacerse con su impresionante colección, es legítima la sospecha de que tal cosa a la fuerza ha de estar relacionada con los oscuros negocios de un clan familiar que presuntamente ha expoliado Cataluña mientras andaba todo el día con el cuento chino de que el resto de los españoles éramos los expoliadores de su patria. ¡Suya, sí, qué duda cabe!

Si yo fuera catalán -uno de los cientos de miles que, trabajando toda la vida podrá cambiar de utilitario, si no vienen mal dadas, cada ocho o nueve años; o uno de los miles que, con una profesión muy cualificada, podrá quizá un día comprarse un Porsche o un Mercedes- estaría que mordería con estos pájaros, que se han dedicado años y años a sembrar la discordia entre Cataluña y el resto del país mientras se llenaban los bolsillos: blanqueando capitales, defraudando a Hacienda o llevándose el dinero en una mochila como si fuera la merienda.

Porque, una vez desenmascarado el negocio de estos patriotas del bolsillo, ya nadie con un mínimo de sentido común podrá desconocer que el comportamiento de los Pujol constituye una gran metáfora del que viene teniendo desde hace años el nacionalismo catalán: por un lado, buscamos un enemigo exterior; por el otro, arramplamos con la pasta. Así de descarado. Así de fácil. Y muchísimos catalanes que no saben si Lamborghini es un marca de espaguetis o de coches, aplaudiendo.

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