Jesuitas


Tenía 17 o 18 años cuando conocí al padre García del Cerro. Un hombre que, pudiendo tenerlo todo en esta vida, decidió que lo suyo era dedicarse en cuerpo y alma a la construcción de un mundo más justo, solidario y fraterno. Alegre, servicial, trabajador infatigable, sencillo? Un tipo excepcional. Vendrían luego mis años en la Universidad Pontificia de Comillas, primero como alumno y luego como profesor. Allí conocí a otros tres jesuitas fantásticos: José Joaquín Alemany, Javier Gafo y Juan Masiá. El primero me dio el gusto por el diálogo ecuménico e interreligioso; del segundo me viene mi dedicación a la Bioética, que él vivía de manera apasionada y comprometida; Masiá me hizo comprender la importancia de la Antropología para un análisis riguroso de las grandes cuestiones éticas, sociales y políticas que afectan al ser humano. A través de sus textos, Teilhard de Chardin y Pedro Miguel Lamet han sido también importantes en mi vida. De este último recomiendo vivamente la lectura de su biografía del padre Arrupe. Ahora, en plena madurez, me asombra y estimula la figura del papa Francisco. Sirvan estas evocaciones para felicitar a los jesuitas, que ayer festejaron a su fundador, ese vasco genial que fue san Ignacio de Loyola.

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