La gran República bananera de Pujolandia

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

30 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Se dice de los argentinos que si uno los compra por lo que valen y los vende por lo que creen que valen, hace un magnífico negocio. Más allá del tópico, lo cierto es que lo mismo cabría afirmar del nacionalismo catalán. Y ello porque la Cataluña que este lleva vendiendo al resto del país es bastante mejor que la real, lo que no ha impedido que muchos españoles hayan comprado una mercancía que cada día se demuestra más averiada. De hecho, no son pocos los gallegos, aragoneses o andaluces que tienen respecto a Cataluña un complejo de inferioridad más que evidente, debido a esa supuesta ventaja que el nacionalismo catalán considera seña de identidad de su país frente a una pretendida España de chaíñas comidos por el caciquismo, el subdesarrollo y la cutrez.

El derrumbe estrepitoso de la figura de Pujol ha venido a dar la puntilla a ese insufrible chovinismo nacionalista, que ha contagiado a buena parte de la sociedad catalana y explica, en gran medida, la deriva secesionista y antiespañola de un notable porcentaje de la población del principado.

Pues la verdad es que los escándalos que tienen sitiado a Pujol y su familia no son solo fruto de la avaricia personal, sino consecuencia directa de dos fenómenos sin los cuales sería imposible explicar que quien fuera presidente de la Generalitat durante dos décadas y media se haya comportado como el dirigente de una República bananera, que manda en el territorio que gobierna como si de su finca se tratase.

El primero de esos fenómenos, no privativo de Cataluña, fue la falta de alternancia. Es conocida la frase de Lord Acton al respecto («El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente»), frase aplicable al caso de Pujol, no porque su poder no fuera democrático, que lo era, sino porque dio lugar al denso entramado de abusos que resulta consecuencia inevitable del ejercicio continuado del Gobierno.

Pero es que además -segundo fenómeno- Pujol fue un maestro consumado en un arte que practican todos los nacionalismos: convertir las críticas a su modo de actuar en un ataque al propio territorio. Comenzó a hacerlo con el escandalazo de Banca Catalana -¡del que consiguió salirse de rositas!- y, visto el magnífico resultado obtenido, ya no dejó de hacerlo nuca más: estos días hemos visto vídeos de la última campaña autonómica, en los que Pujol acusaba a quienes le recordaban los turbios asuntos que acaba de reconocer públicamente de estar ¡acosando a Cataluña!

Pues bien, se terminó. La mayoría de los españoles siente hacia Cataluña un respeto y un aprecio muy superior al que los nacionalistas catalanes sienten por el resto de España. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que quien presuntamente roba al erario público sea un ladrón, para lo que no es disculpa, claro está, ejercer de nacionalista catalán.