El 25 de julio es seña de identidad de Galicia. No es artificio convenido. Es símbolo que da sentido a una comunidad forjada a lo largo de la historia y permanece. Explica que haya una ofrenda regia al que se considera Patrón de España, cuando ninguna confesión tiene carácter estatal. Destino de un Camino europeo que desborda culturas y en su pluralidad permite descubrir la unidad que le da sentido y a la que anima. Ese día recuerda lo que es común, o debería aceptarse como tal, llámese de Galicia, da Patria galega, o da Nazón de Breogán. Somos lo que somos porque, haciendo eco a palabras del rey Felipe VI, quienes nos han precedido, con sus vidas y sus obras, han sedimentado los cimientos. No es resultado de una construcción que haya obedecido a un proyecto único e inmutable. Como sentenció un célebre historiador sobre Roma, ha sido un proceso positivo de integración que, añado, nos interpela. Ahora mismo se está planteando desde diferentes ámbitos la reforma de la Constitución. Pienso que no será inoportuno tener en cuenta la posición constitucional de Galicia y su porqué. Sin nombrarla, por huir de la impresión de privilegio que pudiera sugerir la singularidad, figura en una disposición transitoria con la referencia también implícita, pero inequívoca, a Cataluña y País Vasco. En el momento constituyente Galicia no era un problema político preocupante.
Su inclusión no fue mera habilidad de un diputado no nacionalista. Respondió a la consciente determinación de empalmar con la Constitución de 1931 en cuanto a la estructura del Estado. Cerrar el paréntesis que había quedado abierto; lo que un laureado colega califica de «el error originario» de la Constitución de 1978. Era, sin embargo, un dato histórico objetivo, incontestable, que en esos tres territorios se habían aprobado Estatutos de autonomía. No hacía falta indagar en la consistencia de la aprobación popular, ni en el fervor nacionalista de los promotores donde el republicanismo opacaba lo que hubiera de nacionalismo. En definitiva, el reconocimiento constitucional fue un plus debido a ese antecedente histórico. Ese precepto intentó desconocerse a la hora de aprobar el Estatuto de Autonomía de Galicia.
No vale la pena volver sobre su azarosa andadura. Lo que sí merece ser destacado es que, cualquiera que sea el juicio sobre lo que fue determinante para que al fin se aprobara de acuerdo con lo que exigía lo dispuesto para Galicia en la Constitución, fue el consenso logrado con todos los que quisieron participar en la reconducción del problema. Un esfuerzo que sería necesario intentar para lo que puede avecinarse. La disposición que ampara a Galicia en la Constitución es transitoria. Como tal puede derogarse. Se llegó a proponer en el Consejo de Estado. Cómo mantener la singularidad, sostener el orgullo de no ser más que una Comunidad aseadamente administrada. Los constituyentes cumplimos. Ojalá que el «espíritu de Angrois» guíe a los responsables de hoy.