Dar ejemplo


La ética no se impone a las naciones con las leyes. Se les infunde con el ejemplo. El diplomático, escritor e investigador Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, tenía la idea clara allá por finales del XIX. La ética no se imparte con códigos, sino siendo severo e inflexible con las conductas incorrectas.

Tenemos a nuestra clase política dedicada últimamente a redactar códigos éticos y así poder presumir que nadie mejor que ellos para enarbolar la bandera de la lucha contra lo inmoral y lo corrompido. Como si atenerse a unas mínimas normas de conducta fuese cuestión de preámbulos, artículos y conclusiones. La ética no se estudia, ni se rige por manuales.

Los códigos éticos no tienen utilidad si, mientras tanto, vemos cómo se utilizan la influencia política para enriquecerse, colocar a la familia y allegados o nombrar tribunales ad hoc, como acaban de reconocer los jueces. Podemos escribir todos los códigos que queramos si, al tiempo, defendemos conductas reprobables y ponemos el ojo en el vecino de enfrente para poder justificar las tropelías propias.

Hablar de la imposición de códigos éticos, a estas alturas y después de lo que padecimos, puede resultar tan molesto como inoportuno. Porque las normas por las que debemos regular nuestras relaciones las conocemos todos. Nos las sabemos de carrerilla. Pero algunos no están dispuestos a cumplirlas. La ética se tiene o no se tiene. Y en caso de duda, lo que hay que hacer es aplicar el sentido común.

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