Entre la querencia que tienen las borrascas por esta esquina peninsular y el miedo que parece tenernos el anticiclón de las Azores -¿qué le habremos hecho, me pregunto, para que nos evite de esta forma?-, los días buenos de playa se cuentan con los dedos de las manos. Nada más se retiran las nubes y aparece ese impertinente vientecito del norte que no pinta nada en julio pero que se hace notar. Paciencia.
Conforme te haces mayor la playa ofrece un espectáculo distinto y excepcional. Cuando no necesitas quemar energía, sino más bien cargarla, las cosas se ven de otra forma, el sol pica más, el agua está más fría y la fauna se percibe de otra manera.
La playa es un territorio genuinamente democrático. Es el único sitio en el que cualquiera puede enseñar el palmito o sacar la casquería al aire y ser observado y aceptado por el grupo sin ningún reparo. Se ven cosas tremendas en la playa, pero no perturban, no pasan de una mera contemplación del otro más aséptica que crítica. Hay algo de comunión dionisíaca en la playa.
La playa es democrática porque no permite adornos y el territorio no se marca con una marca, sino con la silla, la toalla y el cuerpo desnudo, que es en lo que nos iguala, aunque no seamos iguales.
Aprecio una proliferación de cuerpos tatuados significativamente mayor a la de hace pocos años y también de cuerpos mejor cuidados.
Las especies playeras se mantienen. Los amigos veraniegos, esos que compartes unos días al año y de los que gustas su conversación pagana lacados de crema y plantados con la gorra en la orilla, siguen existiendo. La gente de edad, que forma en fila de a cuatro sillas, sombrilla, meganevera y todo tipo de intendencias, también.
Los adolescentes incombustibles y los jóvenes merecederos siguen pastando por los arenales igual que siempre, desanudando miradas nostálgicas en su húmedo ir y venir por el filo de la espuma. Y niños, muchos niños repitiendo el mismo ritual de juegos que genéticamente desata la playa en nuestra especie.
La playa es también un laboratorio para familias, que durante el año ejercen como pareja y como padres por separado, pero que en las vacaciones playeras tienen que hacerlo a la vez y permanentemente. Sin guarderías, ni abuelos, ni actividades, ni habitaciones prohibidas... solos frente al peligro de su realidad. Eso crea tensión y no pocas separaciones postvacionales, pero también descubre sensaciones extraordinarias.
Nada más verdad que la cara de guasa y la sonrisa complaciente y bobalicona que tienen los padres cuando juegan con sus niños en la playa. Fíjense bien porque resultan adorables.
En la playa está toda la vida.