Mil veces se habla del valor y del precio. De lo poco que tienen que ver. No somos etiquetas con una cantidad. Pasa mucho cuando se habla de la cultura. Jamás es lo mismo el valor que el precio en la educación. La educación tiene un valor siempre muy por encima del coste que tenga. Con los recortes, no estamos para tirar el dinero. Pero tampoco para tasarlo todo. Hay esfuerzos culturales y educativos que merecen la pena, que hay que poner a salvo como sean. Walt Whitman jamás hubiese escrito versos sin las bibliotecas públicas. Está muy bien que se programen conciertos que sean rentables, pero hay valores culturales que no pueden pesarse solo si la bolsa suena. La cultura no puede ser una legión de gentes con mucha labia que reciben subvenciones. Pero no todos los creadores encajan en el tópico antiargentino de compra un argentino por lo que vale y véndelo por lo que dice él que vale. En la educación y en la cultura, como en la sanidad, hay inyecciones económicas que son necesarias. Una sociedad sin la luz de las cabezas es una sociedad sin brillo en los ojos. Es un lugar a oscuras. Todavía hay demasiadas duplicidades que eliminar como para decidir que todos los festivales culturales sobran, sin más análisis. Valor y precio, ahí está la clave.