El rostro feo del niño pobre

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

03 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

El rostro de la pobreza es tremendamente desagradable. Su fealdad nos repele y por eso, para apartarlo de la vista, hemos diseñado diversos mecanismos defensivos de eficacia limitada. El primero, parangonable al manotazo con que se ahuyenta al moscardón que zumba sobre la sopa, consiste en desplazar a los pobres al arrabal y recluirlos en guetos. El método que había utilizado Jesús Gil, manu militari, para limpiar de putas e indigentes el centro de Marbella.

Otra fórmula muy socorrida, y además polivalente -puede ser aplicada a toda mala noticia-, consiste en negar la existencia de la pobreza y descerrajar un par de tiros al mensajero para que no insista. La usó Núñez Feijoo el día en que Yolanda Díaz, la viceportavoz de AGE, cometió el desliz de apoyarse en una fuente religiosa para pintar una Galicia empobrecida. El ministro Montoro remató el quiebro del presidente gallego y puso la puntilla a Cáritas -sus datos «no se corresponden con la realidad»- por haber equiparado la pobreza infantil en España a la de Rumanía. Vis a vis. Hasta ahí podíamos llegar, señor obispo.

Citaré todavía un tercer modo, este más sofisticado, de convivir con la pobreza sin que nos amargue la digestión o nos perturbe la siesta. Se basa en considerarla un mal necesario, un subproducto inevitable de un sistema que premia el trabajo y el talento. Y que arroja a la cuneta, indistintamente, a vagos, maleantes y duros de mollera. Compadezcamos al desdichado, aliviemos su penuria -y, de paso, nuestra conciencia- mediante la caridad, pero así es la vida: siempre habrá ricos y pobres. Lo decía mi abuela y también Adam Smith en La riqueza de las naciones: «Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres, y la opulencia de unos pocos supone la indigencia de muchos». Afirmación irrefutable salvo en lo que respecta a la proporción: se nota que el apóstol del liberalismo económico no acertó a profetizar el enorme grado de desigualdad de nuestros días.

Y así estábamos, con la coartada de la limosna presta en la mano y el carné de la Cruz Roja en el bolsillo, cuando viene Unicef y nos planta en las narices una imagen espeluznante. Más horrible que aquellas fotos de The New York Times, en blanco y negro, donde se veía a los pordioseros españoles rebuscando en el contenedor de la basura. La Organización de las Naciones Unidas -fuente laica, como quería Feijoo, y solvente incluso para Montoro- retrata en su último informe, descarnadamente, la fealdad absoluta. Más de 2,3 millones de niñas y niños españoles, veintisiete de cada cien, malviven debajo del puente de la pobreza.

¿Por qué nos duele esa imagen? No por instinto maternal o por la ternura que suscita la edad de la inocencia. Lo que nos fastidia es haber perdido la coartada y no poder gritar a esos mocosos: estáis pagando vuestra falta de mérito y de esfuerzo. Como el cliché no va con ellos, solo podemos reconocer que les estamos jodiendo la vida. El presente y las oportunidades de futuro.