Una sincera añoranza del PSOE de antes


Aunque la gente dice que los políticos nunca se mueven, en menos de un mes hemos cambiado de rey, y encarrilado la crisis municipal de Santiago. Dimitió -sin dimitir- Durán i Lleida; se echaron a un lado Rubalcaba y Patxi López; desistió Pere Navarro; entró en capilla Durão Barroso; se calló -del verbo callar- Elena Valenciano, y nos han eliminado del Mundial de Brasil. Lo único que no se mueve es ese batán sin agua y sin lino que se llama Artur Mas, que nos tortura a base de gotas de insensatez con la implacable crueldad de la Inquisición. Y si así de revuelto está el panorama español, del exterior -lleno de guerras, miseria, refugiados y fundamentalismos- es mejor ni hablar, porque pone los pelos de punta.

Pero este artículo no quiere hablar del mundo entero, sino de España. Y tampoco quiere perderse en la singularidad de los problemas, como si cada uno fuese una plaga independiente. Lo único que quiere es hacer una oportuna y necesaria reducción de los males de España a su causa fundamental y más próxima, y tratar de abordar desde esa perspectiva la sensación de angustia a la que estamos arrojados. Porque cada día es más evidente que todos los desajustes de España existen, o están agravados, por la crisis del PSOE, y que, si los socialistas no aciertan con una pronta regeneración orgánica e ideológica de su partido, estamos abocados a una falla de ingobernabilidad de dimensiones inimaginables.

Decir que el problema de España es en gran parte el problema del PSOE no es en modo alguno un desprecio, sino la mayor alabanza que se le puede hacer a una fuerza política que por su estabilidad y su flexibilidad se hizo sistémica, tanto en el momento de la transición y de la aprobación y desarrollo de la Constitución como en el proceso de modernización y progreso del país. Pero esa importancia sustancial para el sistema se ha convertido ahora en signo de crisis, al no poder contribuir a estabilizar y orientar el debate sobre los grandes temas -organización territorial, modelo económico, brotes de secesionismo instrumentados al margen de la Constitución y de las leyes, y grandes pactos para una gobernación de la crisis en el marco de las políticas europeas-, y al dejar espacio libre para una progresiva fragmentación del espectro parlamentario y para una preocupante progresión del populismo izquierdista.

Por eso me preocupa tanto que todos los esfuerzos del PSOE se estén perdiendo en medio de un laberinto de diagnósticos y estrategias equivocadas, que este tiempo de cambio no sea más que un nuevo impulso hacia el desorden programático y organizativo, y que, igual que ya sucedió en Cataluña y en el País Vasco, se vayan haciendo cada vez más irrelevantes en distintas comunidades autónomas. Ese es el gran problema de España. Los demás, si ese se arreglase, serían como coser y cantar.

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