Luces y sombras


Si se analiza detenidamente el reinado de Juan Carlos I, vemos que abundan las luces y las sombras. Oscura es la legitimidad de su nombramiento, pues fue rey por la gracia de Franco, al igual que oscuro fue también, a mi entender, su más que ambiguo papel en el 23-F. La permisividad demostrada en los tejemanejes de Iñaki Urdangarin tampoco debiera pasarse por alto al recordar sus casi cuatro décadas de reinado.

Olvidadas estas tres circunstancias, y para aquellos que puedan obviarlas, Juan Carlos de Borbón será recordado como el monarca que contribuyó de manera determinante a que la democracia se consolidara en España. Con su indudable y célebre campechanía, se metió en el bolsillo a un país recién salido de una dictadura, hecho este último que motivó que republicanos convencidos se reconvirtieran al tan manido juancarlismo. Fue un jefe de Estado sumamente respetado allende nuestras fronteras, lo que repercutió en el reconocimiento internacional de un país absolutamente necesitado del mismo. Y sobre todo, con él se marcha la mejor reina que jamás tuvo España, y a la que, en este caso, casi todos echaremos de menos. Doña Sofía deja alto el listón. Quizás demasiado. El tiempo lo dirá.

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Luces y sombras