El continente y el contenido

Julio Sequeiros Tizón LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

19 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

La monarquía no ha impedido -más bien todo lo contrario- el proceso de modernización de España. Bajo la Constitución de 1978 España ha pasado a formar parte de la OTAN, de la Unión Europea, de la zona euro y, además, a jugar un papel significativo en el contexto internacional. Al mismo tiempo, la economía española acompañó los grandes ciclos de crecimiento y recesión que caracterizaron la economía mundial en estos últimos 40 años. Dicho de otra manera, con monarquía o sin ella, nuestro pasado inmediato hubiera sido prácticamente el que fue. Lo mismo que el de nuestros vecinos.

En el debate monarquía o república que se plantea desde algunos sectores, hay un elemento que merece especial atención: la calidad de la democracia española. Decía K. Marx que la democracia es como el embarazo: la hay o no la hay, sin que exista algún punto intermedio. Sin embargo, entre nosotros llama la atención la frecuencia con la que se usa el calificativo democrático aplicado por la clase política a una situación concreta. A su entender, una votación puede ser poco democrática y una ley muy democrática. Por fortuna esto no es así. Las votaciones y las leyes son conforme a derecho o no, y el que discrepe, puede recurrir ante las instancias pertinentes. Y todo esto es posible si existe democracia. Incluso modificar las reglas del juego.

Sin embargo, la idea de la calidad de la democracia tiene un aspecto interesante, si se entiende como la calidad de las instituciones en un sentido amplio. Y en este terreno podemos avanzar mucho. Debemos incrementar la independencia del poder judicial frente a injerencias externas, en todos los niveles en los cuales se imparte justicia. Debemos aumentar la independencia del poder ejecutivo frente a los grupos de presión que tratan de influir en sus decisiones para provecho propio. Y desarrollar una opinión pública poderosa e influyente que sirva de contrapeso a un poder legislativo que trata de ampliar su área de influencia a costa de la intimidad de los ciudadanos.

Estas son las tareas realmente importantes que tenemos por delante. Y la dificultad de la tarea no va a cambiar mucho bajo una monarquía o una república.

En el terreno de los hechos, hoy España tendrá un nuevo monarca. Como le ocurrió también a su padre, hereda un país con una crisis económica e institucional de una envergadura mayor. A mi juicio, la recuperación de la imagen pública de la monarquía y la cuestión territorial (la catalana y la vasca) van a centrar la atención del nuevo rey, ya que, ambos aspectos representan un desafío realmente mayúsculo al orden constitucional vigente.

Sin embargo hay algo inquietante en todo esto. El Rey Juan Carlos I asume el trono por causa de fuerza mayor (la muerte del general Franco) y Felipe VI lo hace por abdicación de su padre en unas circunstancias claramente adversas y mejorables. Tampoco hay que sorprenderse. El papa de Roma se ha bajado de su cruz por su propia voluntad y hoy tenemos dos por el precio de uno. Al final va a tener razón Ignacio de Loyola al advertirnos que en tiempo de desolación nunca se debe hacer mudanza.

Julio Sequeiros Tizón es catedrático de Estructura Económica de la Universidade da Coruña.