No puedo afirmar cuál fue el mejor artículo escrito sobre Adolfo Suárez con motivo de su muerte, entre otras cosas porque no los leí todos; pero sí puedo decir cuál es el que permanece con mayor vigor en mi recuerdo. Me refiero a uno de Miquel Roca i Junyent, exportavoz de CiU en el Congreso, titulado Pactar incluso la discrepancia. Un modelo de traslación de lo que fue, y cómo fue, a las necesidades de hoy en día.
Roca no tuvo el menor empacho en afirmar que «nadie ha conocido de otro momento tan ejemplar en la Historia de nuestro mundo, al transitar en paz de una dictadura a una democracia». Un proceso que -dijo- «se saldó con un balance extremadamente positivo y excepcional». Y señaló que una de las claves de este éxito estuvo en el estilo de Suárez, «en su manera de actuar y en su forma de entender la acción política como algo a compartir con los demás». Porque, según él, Adolfo Suárez fue el político que entendió «que pactar no solo era bueno en aquel momento, sino para siempre como manera de ampliar la base social de cualquier acción política».
Con los ojos puestos ya en el presente, Roca subrayaba que ese estilo era algo que nunca hubiéramos debido abandonar. Y añadía que «la Transición no se agota jamás; siempre transitamos hacia algo distinto y siempre el recorrido tiene sus dificultades. Para superarlas, siempre nos necesitaremos todos. El pacto hace la democracia, y Suárez, que la quería servir, lo buscó como garantía de futuro estable. Pactar incluso la discrepancia. Aquello que fue posible no tiene por qué dejar de serlo».
El mensaje estaba muy claro, pero ya no sé si hay alguien escuchando. Tengo la sensación de que el ruido se esgrime como el nuevo argumento principal, sobre todo por parte de los dirigentes de CiU, ERC, CUP y compañía. Por ello, tal vez «el estilo de Suárez» sería hoy difícil de mantener, porque no está claro que quede quien apueste por él. Tal vez ocurre que entre todos se lo han cargado y ahora toca ir a cara de perro con la provocación y la deslealtad entronizadas por una parte y el tente tieso blandido por la otra. Una mala salida. Porque la buena es siempre pactar, incluso la discrepancia.