Toca reinventar la monarquía


Los acontecimientos históricos son como los buenos caldos, requieren de un tiempo en barrica de roble, aislados del entorno, para alcanzar su madurez. Sin embargo, el adiós se escribe con el recuerdo del instante y bajo esta atmósfera de dañina oscuridad no hay un segundo que no parezca una eternidad. Quizás por eso, aunque hagamos esfuerzos por levantar la mirada y buscar al Juan Carlos que tanto nos enorgulleció, los párpados se nos caerán, tirándonos la vista al suelo, a su suelo.

Al término de la dictadura quisimos ver en él un jefe de Estado, y se mostró capaz  de serlo. Nos hicimos monárquicos. El asentamiento de la democracia, la consolidación de las libertades y la modernización del país exigían un rostro acorde a la nueva realidad, supo ser la imagen de España. Se acopló a lo que necesitábamos hasta que dejó de hacernos falta, y en ese momento se convirtió en figura regia, y no nos molestó y creo que a él tampoco. Tenía derecho a descansar, los españoles somos buenos pagadores y más libertinos de lo que deseamos reconocer en público. No nos molestaba que cobrase sus deudas. Cerramos los ojos.

Pero cuando llega la escasez, todo se resquebraja, a nadie se le permite vivir en vida el sueño de los justos mientras otros fenecen. Las sonrisas no caben en una nación que tiene entre uno de sus objetivos llenar los bancos de alimentos. España lo reclama como jefe de Estado, y no lo encuentra, lo busca como imagen sólida que se contraponga al deterioro de la clase política, y se desilusiona. Le gritan y no escucha, pero cuando despierta pide perdón, entiende su desgaste. Vuelve a ser símbolo a la vez que descubre que esta ya no es su España. Una buena parte de aquellos que le dieron crédito ya no existen y sus hijos y nietos le reclaman, a cambio de una sonrisa, nuevo avales que no es capaz de construir. No tiene fuerzas con qué pagar. La credibilidad que recupera es solo ante los que pueden levantar la vista y verlo en su grandeza histórica y estos han dejado de ser suficientes. Ante los otros es el símbolo de una España amortizada.

Tiempos complejos le esperan a Felipe y ante ello puede apostar por seguir siendo invisible, y continuar abriendo o cerrando eventos, a poder ser cerca de Madrid. O puede abandonar su papel de figura decorativa y acercarse a una España que solo busca que la traten con la educación que reclama el honesto y la humildad que muestra el sabio.  Y ha de hacerlo con el hambre de libertad del preso y la inteligencia del pobre, porque esta marea negra que se ha llevado todo, también ha mermado el patrimonio social acumulado durante los primeros años de su dinastía. Sus alforjas están vacías, y si las siente llenas, que sepa que son por el peso de un protocolo vacío e inútil, que lo único que hace es distraerle con un falso sentimiento de ocupación. Toca reinventar España, reinventar la monarquía.

Venancio Salcines es presidente de la Escuela de Finanzas.

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