De Madrid al reino

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

04 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Madrid no es una. Hay tantas... Son mil reinos. El arco iris que salta desde el cristal roto. No es la urbe monolítica sin matices, el gigante tonto que corre detrás de la bisutería creyendo que es oro. No es un «todos a una». Ni un poblachón manchego un poco crecido, como dicen los que se creen con derecho a otorgar la etiqueta de la modernidad. Las mayorías absolutas son cortinas espesas. Detrás puede llover o hacer sol sin que uno sea muy consciente de ello. A Galicia a veces se la juzga igual, como si fuera un lienzo en negro o en blanco, según el observador quiera sacarle la oscuridad de la cerrazón o la posibilidad de la página por escribir. Madrid es una gigantesca olla capaz de digerir en su panza la abdicación real con todo tipo de condimentos. Caben los de Podemos y los de «no queremos»; socialistas y populares; monárquicos y republicanos; anarquistas y derechones; neoliberales e inventores de la nueva izquierda; señoritos que buscan nuevas obras y señoriales obreros que no renuncian a las suyas; resucitados ilustres e ilustrados muertos; el vegetariano y el asador; el teatro y el teatrillo. En Sol, continuamente se cruzan todos los bandos de cualquier guerra. También de la nuestra. Y casi todos se dirigen a la misma batalla, que empieza sin descanso a la mañana siguiente, en el tren de cercanías, en la parada de metro, en el próximo bus, en el taxi en verde. El lugar que todavía arrastra una de las mayores cicatrices recientes de Europa nunca llegó a supurar. Es el tablero por el que más se mueve el rey, pero también el que frecuentan más torres y peones. Siempre viejo y siempre nuevo. Tan roto y entero. Madrid.