Era razonable que Juan Carlos de Borbón ejerciera su derecho a abdicar la Corona. Lo venía siendo hace tiempo, y por ello no se entiende que otras cuestiones de orden legal y político hayan sido aplazadas por el Gobierno y las fuerzas políticas en el legislativo.
Pudimos vivir muchos años, tantos como los de la Constitución del 1978, sin que nadie asumiera con rigor los flecos que a esta le faltaban en cuánto a la regulación de la Corona, necesitada de una normalización legislativa. Pero se entiende mal que no se haya realizado en los últimos dos o tres años debiendo asumirse ahora, en un dos por tres incomprensible, el deber urgente de dotarnos de una ley orgánica que permita al rey ejercer su derecho a abdicar y al sucesor asumir la Corona. Y no solo porque el rey hubiera alcanzado con larguezas la edad de aquellos trabajadores eméritos, sino por una serie de circunstancias, propias o familiares, que han llevado a nuestra monarquía, a la casa real y al heredero a una situación de obvia debilidad en la aceptación de los ciudadanos.
Pero el hecho de que haya sucedido lo razonable, evidenciando lo irracional que hay en las clases dirigentes y en el ejecutivo y legislativo, no impide que la marcha de don Juan Carlos, luego de reinar en la mayor etapa de normalidad democrática y prosperidad que haya vivido España, se convierta en un momento de la historia decisivo.
Momento decisivo tanto por las razones explícitas que le hayan llevado a ello, como por el particular momento que vivimos luego de lo aflorado en las recientes elecciones europeas, con la crisis de afectos para los dos grandes partidos. Con el sustancial añadido del rosario de temas pendientes en nuestra sociedad: desde la reforma constitucional, el problema territorial, el modelo de nuestra democracia, la renovación de los partidos y sus privilegios, la erradicación de la corrupción política, institucional y social, la recuperación económica y el grave desempleo, y el recorte o privatización en servicios públicos ciudadanos que sirven para fortalecer la igualdad. Porque es en esta caldera en punto de ebullición que es hoy España donde la sucesión del rey tendrá lugar.
Yo no dudo, y más acudiendo a su poco advertido mensaje de Navidad del 2013, que Juan Carlos tenga en sus intenciones dar paso a una monarquía más plural, y a que se pueda reiniciar un nuevo proceso de diálogos y mutuas concesiones, e incluso que desee provocar con su marcha una llamada de atención frente al continuismo. Y así interpreto su mensaje de dar paso a una nueva generación que reclama un papel protagonista. Por más que asistiremos también a lícitos escarceos, con su punto de proclamas demagógicas, de quienes desean que nos resignemos a ser republicanos.
A mí en este nuevo tiempo me preocupa más la respuesta que a tanto problema que tenemos, formulen quienes mandan. Por ver si se lograra un razonable éxito en el reinado de Felipe VI.