¿Es el mejor momento para abdicar?


Como no tengo toda la información que tiene el presidente del Gobierno, no puedo estar de acuerdo con él en que este sea el mejor momento para la abdicación del rey. Debo confesar que, en mi opinión, si por motivos de forma física fuese, el mejor momento ya tendría que haber sido antes de las últimas operaciones quirúrgicas. Pero no fue así, a pesar de lo frágil que se veía al anciano rey. No solo eso. Las últimas semanas pareciera como si el monarca acelerase su ritmo de viajes internacionales para demostrar que volvía a estar en plena forma. De manera que, si este lunes interrumpe su reinado, tiene que ser por alguna razón de fondo distinta a su capacidad física o social. No me queda más remedio que imaginar un giro radical en un asunto vidrioso.

Suponíamos, hasta ayer, que el monarca iba a cubrir un último trecho de su reinado dejando recaer en su figura el coste social de los desmanes de corrupción y puerta giratoria acaecidos en su entorno familiar. Para de esa forma dejar a su hijo una herencia lo menos contaminada posible por los negocios y amistades de la familia. Pero al abandonar tal disposición solo cabe imaginar que se da por hecho que todo se despejará como una tormenta de verano, que todo está ya controlado, incluso quién se comerá el marrón y cuáles son las líneas rojas. El tiempo lo dirá, porque de no ser así un flaco favor se le está haciendo al próximo rey.

Al margen de estas maniobras enigmáticas, y coyunturales, no es menos cierto que la credibilidad es el problema de fondo. La de la monarquía estaba en horas muy bajas. Casi tanto como la credibilidad y corruptelas del partido del Gobierno o del de la oposición.

Quizás por eso se busca un bingo. Carpetazo a los negocios de la familia y poner encima de la mesa la renovación generacional que, para la quinta castiza de los setenta, pide un tal Pablo Iglesias y su millón y pico -por ahora- de votantes. Esa es la razón que sí se dio para la abdicación.

Pero no nos equivoquemos. En este asunto, desde el golpe de Estado de 1936, sigue pendiente en España una consulta popular sobre si monarquía o república. No podemos seguir sine die en una democracia condicionada. Ahora que se ve inevitable una reforma constitucional, para evitar la secesión catalana, y ante el riesgo de hundimiento del bipartidismo monárquico, a La Zarzuela es que le entraron las prisas. No vaya a ser.

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