Lo peor del resultado del domingo es que los grandes partidos, los que tradicionalmente estaban llamados a articular las mayorías, no se quieren dar por enterados de lo que ha sucedido. Uno, con una fuga de más de dos millones de votos, sigue en que a los otros aún les ha ido peor y, tras un par de días de reflexión, empiezan a decir que quizás la corrupción le pasó factura, aunque casi todo el mundo permanece en su sitio. Los otros, que como gran reacción colocan en la bandeja la cabeza de quien, pese a tener más mili que el palo de la bandera, iba a ser el gran renovador, se enzarzan en si el nuevo líder debe ser elegido por los militantes o solamente por los apparatchik.
La revelación de las elecciones, nacida de la movilización del 15-M, aquella que estaba condenada a desaparecer a fume de carozo, recibe toda clase de calificativos. Frikis, bolivarianos, demagogos, inconsistentes, fatuos, utópicos. Una carallada, vamos, como decían que eran aquellas acampadas que, sin embargo, sirvieron de consuelo a mucha gente que la política dejó huérfana. Imposible que solo la labia de un tipo que participa en tertulias de televisión se traduzca en más de un millón de votos. Si hasta padres de algunos acampados, que han vuelto a votar con la pinza en las narices, no disimulan cierta emoción por la aparición de una fuerza que devuelve a sus hijos la esperanza en la política.
Frikis, ilusos o ciudadanos hartos de los políticos encastados. De todo habrá. Tal vez todo se esfume por donde llegó o tal vez no. Quizás nunca lleguen a gobernar, pero a lo mejor fuerzan un cambio radical en los que se creen que están llamados a hacerlo para toda la eternidad. Si la soberbia no les impide entender lo que han provocado.