Aquí no pasa nada


El tesorero del partido gubernamental gestiona en B decenas de millones de euros. Y aquí no pasa nada. Alcaldes y concejales reciben, por Navidad y de un solo proveedor, botellas de vino por un importe superior al salario mínimo. Pasan sus Navidades brindando a golpes de 30 euros la copa. Y aquí no pasa nada. Empresas sin alma y con diablo obtienen una concesión municipal tras otra a cambio de emplear a los amigos del concejal de turno. Y aquí no pasa nada. La justicia llama al Servicio de Vigilancia Aduanera porque desconfía de los otros cuerpos de seguridad. Y aquí no pasa nada. Si el saneamiento de una entidad financiera parece insuficiente, se meten mil millones más y punto. Y no pasa nada, como nada pasa cuando cientos de miles de estudiantes universitarios ven reducir a la mitad el importe de su beca o los hospitales evitan hacer determinadas pruebas médicas para no saltarse su nuevo protocolo de gasto.

El sistema se ha vuelto opresor de la libertad individual. Ya no existe espacio ni para el grito. Las líneas rojas de la igualdad están desbordadas. Nada funciona. Mientras la clase política dominante vive en un estado de máxima impunidad los españoles están naufragando por debilidad. La crisis les ha quitado todo, y esta clase política, con su comportamiento, les ha robado hasta la dignidad, la única virtud que puede atesorar el pobre. Se avergüenzan de ellos, y por esa han votado a partidos minoritarios. Querían que triunfara, el «aquí sí pasa algo». Ese era el clamor que se vivía en las redes sociales. Mientras los grandes medios de comunicación discutían sobre el machismo de Cañete, que vivía preso en la clásica jugada de convertir la burla en programa, la España silenciosa, con independencia de su ideología, se conjuraba para hundir el bipartidismo. Y lo golpeó, ahora toca ver si el golpe ha sido mortal. 

El PSOE habla de cambios de caras, el PP de problemas de comunicación, otros intentan deslegitimizar el programa de Podemos. Se están equivocando, ese no es el campo de batalla. Da igual quiénes sean los nuevos rostros, la solidez del discurso de la recuperación o la brillantez de los programas. Lo que se pide es la construcción de una nueva democracia, otro sistema político y mientras no se sientan avances en esa dirección, millones de personas disparan sus votos contra los muros de la partitocracia, y lo harán eligiendo al partido que más daño le pueda hacer. Los dos grandes se perciben como el freno que impide cualquier reforma. Ellos son el sistema y los demás, el 15-M.

Un grito ensordecedor reclama democracia directa, participativa, responsable, fresca, imaginativa, atrevida, ajena al paternalismo asfixiante, cuando no corrupto, de los grandes partidos.

Un sistema que permita que en la política triunfen los mejores o que evite que el dueño del veinte por ciento de una asamblea de cien militantes pueda canjear su misérrimo poder por una concejalía de Urbanismo, sin que aquí pase nada.

Venancio Salcines es presidente de la Escuela de Finanzas.

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