El día de los exabruptos


Este país está mucho más plagado de cenutrios de lo que parece. Salen por todas partes, como concejales pringaos en la Pokémon. No hay más que poner un micrófono, como los pescadores ponen las redes o los anzuelos, y aparecen de todas las especies: cenutrios de falta de respeto a la mujer; cenutrios que llaman hijo de perra a un ministro; cenutrios que llaman perros a los políticos de la derecha, y cenutrios que quieren correr a gorrazos a los inmigrantes, no sin antes piropearlos como «mierda». También existe el cenutrio que huye en cuanto ve a un periodista, pero ese tiene al menos la prudencia de no dejar huella.

Ayer fue un día de abundante cosecha y se han dado todas las especies mencionadas y seguramente otras muchas que no hemos logrado descubrir o asomaron después de redactada esta crónica. Para la asignatura de Conocimiento del Medio, debe quedar claro que el caladero principal de cenutrios de dimensión publicable está en los mares de la política, prácticamente de todos los signos y variedades. Quien dijo eso de que la economía sumergida es «como algunas mujeres, que no se las puede eliminar» es un diputado regional del PP que adujo como testimonio de autoridad a Alfonso Guerra. Quien habló de «echar a golpe de hostias» a los inmigrantes es el alcalde nacionalista (nacionalista del PNV) de Sestao. Y quien habló de «los perros de la derecha» fue un prometedor joven de izquierda radical, que incluso puede salir eurodiputado.

Es decir, que la capacidad de estupidez (en algún caso, puro estilo personal) no conoce barreras ideológicas. Como ahora se pregona en las tertulias, es transversal. Afecta a todos los partidos, y diríase que cada fuerza política tiene asignado un cupo de cenutrios por ley natural y de ese cupo extrae parlamentarios, oradores diversos, portavoces e incluso depositarios de poder. Más o menos, como en todos los oficios, empezando por el mío. Lo que ocurre es que en política se nota más, porque tienen otras responsabilidades, los cenutrios de mi profesión buscamos sus voces, y sus exabruptos nos facilitan la noticia.

Como nota añadida, diré que la especie florece sobre todo en las campañas electorales, que es cuando abren la boca y demuestran mayor incontinencia. En ese momento están obligados a seguir las instrucciones de sus asesores y de los manuales de campaña, pero pierden el control, de erotizados que están por el aroma de los votos. Son minoría, como decimos también de los corruptos, pero son capaces de alterar la convivencia y escandalizar a quienes pagamos sus salarios vía impuestos. Lo malo es el efecto acumulación: la memoria del pueblo almacena sus testimonios como madera para el incendio del prestigio institucional.

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