Dice un amigo: «Cuidado con los recuerdos. La mente es experta en edulcorarlos. En matizarlos. En suavizarlos. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Es mentira». En seguida, saltan otros dos, atropellados: «Qué va, hombre. Siempre vamos a peor. El tiempo lo devora todo. Nos devora. No es que el pasado nos parezca bonito por la manera que tenemos de recordarlo. Es que en el pasado, mucho más jóvenes, estamos como Dios. Claro que era mejor». Otro añade con sorna: «Pensad, por ejemplo, en las resacas. Las resacas de ahora y las de antes. Ahora recuperarte de una noche de fiesta, cuando hay una noche de fiesta, te lleva varios días». Interesante tema el de los recuerdos, cómo muchas veces los elaboramos a fuego lento, con el fuego lento del cariño, para hacer que lo que fue mediocre parezca maravilloso. Les digo que ni el pasado ni el futuro con más años encima. Me conocen. Soy «presentista», del movimiento del «presentismo». Lo único que tenemos es el presente, que como su nombre indica es un regalo que apenas valoramos. Solo tenemos el segundo que pisamos y a los que, con nosotros, lo pisan. Lo demás es nostalgia, esa miel que endulza, y grandes planes que nunca llegan a edificios.