Hipocresía


Cada vez me convenzo más de que la hipocresía, junto con la envidia y los celos, de los que muchas veces nace, es una de las mayores lacras de la humanidad, que corroe, como si de un potente ácido se tratase, el alma de las personas y, por añadidura, de los pueblos. La Real Academia Española la define como «fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan». Es decir, pura apariencia, simple fachada, burdo engaño que el tiempo pone al descubierto. Como aquella hija o aquel hijo que en vida han pasado olímpicamente de sus progenitores enfermos, pero que son los primeros en acudir a las exequias y en llorar como el que más.

En filosofía moral, el comportamiento hipócrita siempre ha tenido una clara y tajante reprobación. Sin embargo, la mayor condena que jamás se haya pronunciado al respecto es la que podemos leer en el capítulo 23 del Evangelio según san Mateo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así sois también vosotros, que por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad. ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar de la condenación eterna?». Por eso, el término fariseísmo es sinónimo de hipocresía.

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