En este país nuestro, para ser alguien y sentar cátedra en las criptas del poder, antes tenías que ir de macho alfa de la manada, exhibir músculo de pádel, cochazo aparcado frente a la terraza del club, amante discretamente recauchutada y algo de ingenio chisposo en los diálogos del aperitivo.
Pero todo ese machismo decimonónico ya no está bien visto en los corrillos de la vida social (sí, aún hay gente que tiene vida social, aunque con esto de la devaluación interna los peatones de la realidad tengamos más o menos la misma agenda pública que la madre de Norman Bates). Ahora, si uno quiere ser alguien, ya no importan los cuatro ceros de la nómina, ni la sala vip de Barajas, ni siquiera el lugar de veraneo en Menorca o el yate molón de la prima Fifita.
En España, año 2014, para ser alguien hay que estar imputado. Por lo que sea. Da igual. Por trincar o por firmar o por callar. El caso es estar imputado. Y si el paseíllo en la puerta del juzgado se emite en directo por la tele, entonces ese alguien, no es que ya sea alguien. No. Es que ya está en el cielo de los imputados.