Leía con atención una entrevista concedida por Aznar a un medio no controlado. Lo de menos, ser un jarrón chino, que siempre se podría vender en tienda de almonedas. Lo duro es pasarse 200 días al año dando conferencias, asesorando a multinacionales, pariendo ideas para mantener la esencia del liberalismo, hacer 600 flexiones diarias para tener una tableta de chocolate La Perfección en el abdomen, tras haber entrado en lo que Esperanza Aguirre llama ser sexagenario.
Se dijo que el hombre de los silencios eternos capaz de competir con aquel cowboy metido a presidente -Bush júnior- sobre resistencia en footing con los pies encima de la mesa, era un lector aplicado de las obras completas de don Manuel Azaña. Ahora dice que devora poemas de Machado; lo que nunca sabremos es cómo le afectó a su complicada personalidad el atentado de ETA del que salió ileso y camino de la Moncloa.
«Cada cosa tiene su tiempo. Y no hay que sobrepasarlo». Sofisma para alguien que procura que se haga sentir su presencia, incluso en las ausencias. Sin explicar -nunca sintió tal necesidad de hombre corriente- las llamadas telefónicas a las direcciones de los medios de comunicación social, tras los atentados de Atocha, asegurando que eran de ETA los terroristas. Aquello le costó las elecciones al PP, pues el antaño inspector de Hacienda no había descubierto la imparable e incensurable capacidad de las redes sociales.
Tuve la percepción de que los castellanos eran gente austera, por naturaleza, secos como la tierra, de pocas y concretas palabras. Con Aznar se rompieron mis esquemas. Le gusta el boato, que lo adulen y que teman a su mirada. Sus palabras son abundantes, tanto las que lleva al papel -que todo lo aguanta- como las que traduce al inglés a cambio de pingües honorarios.
Hay tres cuestiones que me hacen reflexionar. El dedo incorrupto del marido de la alcaldesa Botella. El cuaderno azul a modo del Levítico. Si sus pensamientos llegan a mostrar disposición patriótica para convertirse un día en presidente de la República, curando el dolor que le produce esta España, fuera del camino establecido por él, consigo mismo.