Se murió García Márquez y parece que todos nos hemos puesto de acuerdo en que se fue un genio irrepetible. Los medios de comunicación, de tendencias e ideologías opuestas, lo mismo que lectores de todo tipo, han coincidido en destacar la enorme valía del escritor. Y si se valora tanto a García Márquez es porque se valora lo que escribió, es decir, la literatura que él nos ha ido regalando. Todo el reconocimiento mundial que ha suscitado su muerte es, pues, la manifestación de la admiración que sentimos por su literatura. Implícitamente, estamos reconociendo el importantísimo valor del arte literario. Pero me temo que, para una mayoría de este país, elogiar a García Márquez no es más que sumarse a la ola del culto a la personalidad del que muere, sobre todo si es famoso. Más atentos al personaje que a su obra.
Y lo digo porque, desde hace ya muchas legislaturas, sabemos que a nuestro Ministerio de Educación no le gusta nada la literatura, como lo demuestra su expulsión gradual de los planes de estudio de la ESO y del bachillerato. Pero a la mayoría de los españoles no les preocupa. Padres, consejos escolares, alumnos, muchos profesores y hasta el propio Consejo de Universidades miran para otro lado, como si la cosa no tuviera mayor importancia. Y es que, en el fondo, aquí siempre se ha creído que la literatura era un saber inútil. Ya en un entremés de Cervantes, un candidato a alcalde protesta airadamente cuando le preguntan si sabe leer. Él, como buen cristiano viejo, está orgulloso de ser analfabeto, ya que «los libros llevan a los hombres al brasero y a las mujeres a la casa llana». Y aún recuerdo aquella célebre consigna que acuñó, a principios de los setenta, el ministro José Solís Ruiz, la sonrisa del régimen: «Más deporte y menos latín». La ignorancia de políticos de este pelaje y la dejadez del mundo educativo fueron acabando impunemente con el latín y con el griego. Por eso, y visto lo visto, me temo que esté a punto de pasar lo mismo con la literatura. Ya nadie se plantea que los futuros profesores de esta materia no podrán enseñarla, simplemente porque no la conocen: nadie se la ha explicado a ellos.
Sabemos que el poder y la literatura se han llevado siempre mal. El propio García Márquez tuvo muchos detractores entre el capitalismo más exacerbado, y muchos de sus libros, prohibidos por los nuevos inquisidores en el poder. Y todo porque estos, aunque ignorantes, saben que la literatura es la memoria universal de los hombres, el testimonio de rebeldías heroicas, el resorte permanente de la búsqueda de felicidad, el culto a la lógica y a la razón, el recurso de la ironía frente a las verdades indiscutibles. Ellos y nosotros sabemos, también, que la literatura nos permite viajar a lugares adonde nunca podríamos ir y, sobre todo, compartir sensaciones con hombres y mujeres que han vivido mucho antes de que naciéramos, lo que ensancha el mapa sentimental de nuestras propias experiencias. Y que, gracias a ella, aprendemos a no descartar lo imposible y a desconfiar de lo evidente. Por eso hay que llorar la muerte de escritores como García Márquez.