Transición pactada, partidos traidores

Juan Sánchez Torrón

OPINIÓN

El libro de Pilar Urbano La gran desmemoria no dice, sustancialmente, nada que no hubieran dicho ya otras investigaciones previas como la de Francisco Medina o Jesús Palacios. Pero ha vuelto a evidenciar, por las reacciones suscitadas, la buena salud del mito fundacional del actual régimen. La transición tuvo que ser pactada por los hombres de la dictadura con los partidos de la oposición. Este punto de partida arroja una notable sombra de sospecha sobre el resultado. La ruptura democrática exigía un período de libertad política indiscriminada que habría de verse culminado por elecciones a Cortes constituyentes y un referendo que permitiera a los ciudadanos optar por la forma de Estado, monarquía o república, y la forma de gobierno, parlamentarismo o presidencialismo. Imposible de aceptar por el monarca, el mismo que ahora es ensalzado como impulsor y defensor de la democracia.

La reforma, por contraste con la ruptura, consistió en legalizar las libertades públicas y el secuestro de la libertad política por unos partidos que entregaron a la ciudadanía una Constitución pactada en privado, en ausencia de un debate público digno, y que impidió que los ciudadanos pudieran optar por otra alternativa. Por eso la dictadura pudo imponer la monarquía y los partidos políticos el sistema proporcional de listas, esencia del actual sistema político, para asegurarse una permanente posición de apropiación de las instituciones estatales. Ambos intereses se dieron la mano mientras el PSOE puso en marcha la mentira que sus bases tuvieron que aceptar: la defensa de boquilla de la ruptura cuando la reforma estaba siendo negociada con el Gobierno de Suárez. Se ha dicho que este régimen partidocrático, que ya fue teorizado por el jurista del Tribunal de Bonn Gerhard Leibholz, con el nombre de Estado de Partidos, respondía a la necesidad de potenciar estructuras partidistas muy debilitadas por la dictadura y la clandestinidad. Que 37 años después una pretendida solución transitoria se haya consolidado es la prueba evidente de la mentira de tal excusa. Un vistazo a la hemeroteca debería servir para ensombrecer los halagos que se han derramado sobre la clase política de entonces. Baste recordar la reacción de los siete padres de la patria cuando la revista Cuadernos para el Diálogo filtró, en noviembre de 1977, uno de los borradores de la futura Constitución: la reacción de un consejo de administración de una empresa privada cuyas deliberaciones son entregadas a la competencia. Con esa opacidad estaba siendo tratado un pueblo al que una ficción mentirosa quiere hacer protagonista de su destino; en realidad, su papel fue el de simple invitado a refrendar un reparto de poderes pactado en privado.