La sustitución de Arias Cañete es marianismo en estado puro. Su aversión a los cambios es tal que hasta las pequeñas modificaciones le molestan. Por eso, se inhibe y deja que el paso del tiempo madure las cosas hasta que lo contingente torne en inevitable. Ocurrió con la designación de Arias Cañete como candidato y ha ocurrido ahora con su sustitución en el ministerio. Es como si fuera un relevo natural, como si el presidente no hubiera intervenido. El cambio mínimo para que todo siga igual. La lectura obvia es que Rajoy está plenamente satisfecho con su Gobierno. La menos evidente es que en realidad los ministros son meros ejecutores de las decisiones del presidente. Puede pensarse que así es siempre. Sí, pero Rajoy ha ido más lejos que ninguno de sus antecesores. Por eso, ni ley Wert ni reforma Gallardón, por poner solo dos ejemplos llamativos. Porque nada se hace sin el visto bueno del presidente, que mueve sus peones sin explicaciones ni debate. El resultado es la reducción del espacio de la política a su mínima expresión. No hay discusión, como si todo siguiera un único guion posible. Rajoy lo fía todo a la recuperación económica en la segunda mitad de la legislatura. Cree que eso le bastará para ganar en el 2015 y que todo lo demás, Cataluña incluida, son distracciones. Es su hoja de ruta, de la que no se moverá ni un milímetro... salvo batacazo electoral. Solo así la política cobrará vida y solo entonces movería ficha con una crisis de Gobierno.