Llorones, quejosos constantes, agraviados sin tregua, hay algo que los nacionalistas vascos y catalanes, que llevan más de treinta años dándonos la tabarra con lo suyo, comparten plenamente a la hora de tratar de justificar una política que ha consistido, dicho en dos palabras, en exigir cada vez más de un Estado que, a base de ceder en todo, ha dejado prácticamente de existir en sus respectivos territorios: hablo, claro, de esa mentira formidable de que en España no se ha reconocido la identidad del País Vasco y Cataluña.
Tal afirmación choca de manera tan evidente y tan frontal con lo que sucede en realidad, que solo desde la más absoluta cara dura puede decirse a estas alturas que dos territorios que los nacionalistas han gobernado casi siempre y que, por ello, han sido ahormados en grandísima medida a imagen y semejanza de su enfermiza obsesión identitaria, no tienen reconocida su personalidad cultural o sus particularidades, de cualquier tipo que ellas sean.
Lo que ocurre, de hecho, es justamente lo contrario. En primer lugar, que el peso que tienen Cataluña y el País Vasco a la hora de tomar las decisiones que afectan al conjunto del Estado es muy superior que el que presentan las decisiones del Estado en ambos territorios. Recuérdese que Cataluña elige 47 diputados, más que todas las restantes comunidades, con la excepción de Andalucía. Por si ello fuera poco, con la excepción de Zapatero (que prefirió estrellarse y llevar con otros socios el país a la debacle) siempre que un presidente ha carecido en España de mayoría absoluta ha gobernado con el apoyo externo de CiU y/o el PNV, que lo han prestado, sin excepciones, a cambio de obtener sustanciosos beneficios competenciales y económicos para sus respectivos territorios.
Pero es que hay más. Más, sí, pues basta con viajar por las tres provincias vascas o las cuatro catalanas para constatar de una forma abrumadora la práctica desaparición del Estado en todas ellas, bien en la esfera institucional, en los aspectos simbólicos o en otros mucho más reales, de forma que es prácticamente imposible encontrar hoy en el mundo dos entidades federadas de un Estado federal que manifiesten tal separación de sus Estados respectivos como la que actualmente presentan respecto del español el País Vasco y Cataluña.
Que siendo así las cosas, lo que todo el mundo puede comprobar a simple vista, el PNV tenga la desvergüenza de proclamar, como si tal cosa, que «pasaron los tiempos de la España una, grande y libre», o que CiU hable, un día sí y otro también, de que España no reconoce ni respeta la singularidad de Cataluña, constituye una prueba palpable de aquello que afirmó un siniestro teorizador de las mentiras: que, cuanto más grandes, más gente las creerá. Que no les quepa duda: en eso están.