La gran utilidad del voto de castigo


Nunca como ahora el Parlamento Europeo ha tenido menos poder efectivo en la UE. Nunca como ahora la Comisión Europea (ese germen de Gobierno federal europeo que se fue apagando con Durão Barroso) ha tenido menos poder ejecutivo frente al Consejo Europeo, el que forman los primeros ministros de los Estados miembros. Es decir, nunca como ahora elegir a un parlamentario europeo o al mismísimo presidente de la Comisión ha tenido menos valor político de cara a construir una Europa federal.

Si a eso le sumamos que los candidatos de las dos mayorías posibles en Europa comparten que hay que seguir por el mismo camino, ese voto devaluado no puede ser, en mi opinión, para ellos. Unos porque son el candidato directo del centro-derecha alemán y los otros porque van encabezados, nada menos, que por un socio de Gobierno de la actual gran coalición alemana. Quiere esto decir que ambos comparten en lo sustantivo la forma de gestión de la crisis que azota a varias economías europeas (con devaluaciones internas que generan millones de parados y de empobrecidos) o, por ejemplo, las políticas restrictivas respecto a los millones de desempleados que buscan en otros países de la Unión lo que el suyo (sometido a aquella terapia) les niega. Es decir, la ley del embudo.

Si en clave externa el voto en estas elecciones europeas no tiene valor efectivo y, además, ese bipartidismo apunta al pensamiento único, el sentido del mismo tendrá que ser un voto de castigo a este orden de cosas. Existen opciones para hacerlo: por ejemplo votar al Partido de la Izquierda Europea o al Partido Verde Europeo (que bien podrían ser una misma candidatura). Ya que para defender una Europa federal no vale votar ciertas versiones extremas de patriotismo, candidaturas que venden los que se presentan como salvadores de un enemigo externo.

Afortunadamente, en clave interna la decisión del voto me parece que está aún más claramente condicionada. Porque si poca ilusión despiertan las dos grandes opciones para construir una Europa federal que comparta, en serio, su ciudadanía, las dos grandes opciones internas (PP, PSOE) vienen de demostrar consecutivamente que la troika, con Merkel y el BCE al mando, define su único horizonte de posibilidades para tomar decisiones cuando están en la Moncloa. Un bipartidismo que acordó nada menos que una reforma exprés de la Constitución española, para tranquilizar a nuestros acreedores (con Merkel a la cabeza).

Y como entre unos y otros nos han traído hasta aquí en los últimos seis años (a una depresión social de la que tardaremos en salir no menos de una década, si acaso como una sociedad irreconocible), no estaría nada mal que el castigo electoral fuera de mucho cuidado.

Sería una hecatombe electoral que no tendría efectos políticos inmediatos (Rajoy acabaría su legislatura triunfal), pero, sin duda, aplacaría el desmelene antisocial de unos y, al tiempo, podría hacer aterrizar a los otros en una alternativa creíble para la sociedad española. No habríamos avanzado poca cosa.

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