Una voz que clama en el desierto


El discurso de Rajoy fue casi perfecto. Y no alcanzó la perfección por tres motivos de diferente naturaleza. Primero, porque esta pieza oratoria, de enorme calado e interés, debió ser pronunciada hace ya dos años. Desde entonces es tardío, y su efecto ya está descontado. Segundo, porque el orden de sus argumentos iniciales debió de invertirse, para anteponer la idea del patriotismo constitucional -el que hace existir la nación por un acuerdo del pueblo soberano- al simple análisis jurídico -muy riguroso, pero menos seductor- de la unidad indeclinable del Estado. Y el tercero, porque hecho lo más difícil, que era el decirle a Mas lo que nunca se le dijo, se echó en falta una referencia satisfecha y orgullosa al proceso histórico de construcción del Estado, que lejos de ser una imposición militar de Castilla, surgió de un pacto inteligente y exitoso entre los reinos de Aragón y Castilla.

¿Y Rubalcaba? Muy bien en lo principal e inoportuno en lo accesorio. Lo principal era decirle a Mas que no hay derecho de autodeterminación para la independencia, y reconocer sin tapujos, con algunas afirmaciones muy comprometidas y verdaderas, que el famoso derecho a decidir, disfrazado de purismo democrático, no pasa de ser una cabriola insolidaria, extemporánea y falta de rigor político y económico. Le sobró, para mi gusto, su largo exordio sobre la reforma constitucional. Porque ayer no era el día para diferenciar la oposición del Gobierno, sino para mostrar el músculo de la política de Estado, y porque no deja de ser un ejercicio inútil el adelantar como propia una propuesta que solo tiene sentido desde un consenso mayoritario que en modo alguno puede prescindir del Partido Popular.

Pero ambos discursos fueron como un clamor en el desierto. Porque los nacionalistas catalanes -incluyendo las lamentables simplezas de Duran i Lleida- ya tienen planteada su estrategia rupturista en contra del marco legal; porque solo fueron al Congreso para echarle gasolina a la hoguera de sus presuntos agravios; porque en todo momento invocaron al pueblo y a la nación catalana como hechos históricos sustantivos y diferentes de España; y porque no apearon ninguno de los tópicos miserables con los que alimentaron la estúpida agenda en la que estamos enredados.

Por eso le pedí prestado el título de este artículo al profeta Isaías (40, 3). Porque todo está encaminado a un estallido final que los nacionalistas quieren provocar. Porque están convencidos de que en ese momento no habrá agallas para defender con eficacia el orden constitucional. Y porque mucho me temo que los que ayer prometieron cumplir y hacer cumplir la Constitución no son conscientes de lo difícil que van a tenerlo, ni del riesgo que van a correr, cuando suene la campanada. Aunque ese ya es -si el olfato no me falla- el escenario que deben preparar.

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Una voz que clama en el desierto