En un país que Esperanza Aguirre admira tanto como es el Reino Unido su carrera política estaría acabada tras su inaceptable comportamiento. Más aún después de oír toda una sarta de excusas patéticas para tratar de justificar lo injustificable, presentándose como una pobre sexagenaria víctima de unos agentes «viciosos de las multas», prepotentes y machistas que, según ella, la retuvieron ilegalmente con el objetivo de que alguien le hiciera una foto para perjudicarla. «¿Qué pasa, bronquita y denuncia? Vais a por mí porque soy famosa», les dijo. ¡Con lo fácil que habría sido disculparse por la infracción, aceptar la multa y zanjar el asunto! Trivializar, minimizar o disculpar lo sucedido es un grave error. Porque lo que muestra es que Aguirre se cree por encima de los demás ciudadanos. Primero al darse a la fuga cuando le vino en gana, llevándose por delante una moto; luego al no parar cuando la policía municipal se lo ordenó; y, ya en su casa, al enviar a dos guardias civiles de su escolta a negociar con los agentes que la persiguieron hasta allí. Para acabar dando un triste espectáculo en radios y televisiones, algo que no está al alcance de los españoles de a pie que son multados cada día. De una política que ha sido presidenta de Madrid y lidera el PP regional cabría esperar un comportamiento cívico ejemplar. Lo que hizo fue todo lo contrario, actuar con prepotencia, soberbia, clasismo y chulería. Ha quedado retratada. Si pretendía optar a la alcaldía de Madrid debería desechar esa idea. ¿Cómo podría serlo alguien que ha descalificado hasta tal punto a los agentes de movilidad y a la policía municipal de su ciudad? Ahora resta comprobar si se cumple el mantra de la ley es igual para todos.