Los políticos desarrollan una actividad difícil y compleja, que los lleva a hacer cosas muy mal vistas socialmente. La más llamativa es, sin duda, la consistente en hablar bien de uno y, aunque no siempre, de los suyos y mal de todos los demás que practican el oficio. En la vida tendemos a no fiarnos de aquellos profesionales que se ponen por las nubes al tiempo que despellejan a sus colegas. Incluso más: hablar bien de uno hasta el exceso suele ser un rasgo de vanidad insoportable, percibido por los oyentes como manifestación de mala educación y de mal gusto.
Los políticos no tienen, por supuesto, el monopolio de la manipulación y la mentira, pero decir hoy una cosa y mañana la contraria, prometer lo que luego no se cumple y hacer lo que no se ha anunciado previamente, son comportamientos mucho más frecuentes entre quienes dedican su vida a la política que entre quienes no lo hacen.
Los políticos suelen vivir en un mundo aislado, en el que se relacionan sobre todo con sus partidarios y/o adversarios (es decir, con quienes hacen lo que ellos), circunstancia que potencia un autismo social que resultaría de otro modo incomprensible entre quienes tienen la vida pública por oficio exclusivo durante largos períodos de tiempo.
Los políticos hablan y hablan, pero van perdiendo poco a poco, y en ocasiones mucho a mucho, la capacidad de dialogar, de manera muy especial con los que no les alegran el oído con lo que quieren escuchar. Por eso, aunque los suponemos, con buenas razones, poseedores de gran información, no es infrecuente que sean los últimos en enterarse de lo que pasa a su alrededor.
Los políticos no reconocen casi nunca que son sus intereses personales los que ayudan a explicar (cuando no explican absolutamente) su forma de actuar. Por el contrario, no se cansan de decir que su único interés es el de todos, a cuyo servicio ofrecen una vida que, insisten, podrían disfrutar mucho mejor fuera de la política, por más que la inmensa mayoría luchen a dentelladas por continuar dentro de ella.
Los políticos son, sin duda, indispensables, porque sin ellos no podría funcionar una de las creaciones humanas más positivas de la historia: la democracia. Han sido, de hecho, los rasgos principales de maduración de los sistemas democráticas (la auténtica pluralidad informativa, el efectivo control del poder, la secularización de electores antes muy ideologizados, el aumento de la cultura o el progreso de la educación, entre otros varios) los que han ido convirtiendo, de forma progresiva, para amplios sectores de la población, en inaguantables las señas de identidad de los políticos que acabo de citar. Por eso, o tales señas cambian o las democracias serán cada vez más difícilmente gobernables. Eso no pasará mañana ni pasado, pero, no les quepa duda, pasará.