Qué muerto más vivo. Los agoreros se repiten. La novela ha muerto. El cómic ha muerto. Incluso el cine (sobre todo cuando se refieren al cine español que tanto odian) ha muerto. Y así con todo. Y, por supuesto, el teatro ha muerto. ¿Quién aguanta una obra de teatro? Pues los estrenos y las producciones que llenan en Madrid y Barcelona y que arrasan agotando el papel cuando salen de gira demuestran justo lo contrario. El teatro es un muerto muy vivo. Como siempre. A veces gracias a los clásicos, a los genios como Valle Inclán, que siempre suena a nuevo, y otras con los estupendos autores de teatro que tenemos. Hay que buscar entre el bosque de novelistas uno que tenga valentía para escribir del momento dramático que se vive en España. Solo Chirbes, impagable, se enfrenta a la realidad del hormigón, a la explosión de la burbuja inmobiliaria y sus lodos, por ejemplo. Los demás autores de narrativa en España tienden más a escribir trazando círculos sobre su ombligo, sin atreverse a levantar la vista para decir la verdad sobre esos parados zombies que son sus compatriotas y que les han robado el futuro. En el teatro no es así. Los autores teatrales estrenan textos que van directos a la herida. En producciones independientes en Madrid y en grandes producciones. Siempre fue así: el teatro denuncia y jamás se olvida del desam-paro.