No sé quién fue el que lo dijo. No hay mejor forma para ser original que mirar al pasado. No cambies el armario, no tires la ropa. Sucede con la moda, que vuelve. Sucede con el ocio, que vuelve. Sucede con los hábitos, que vuelven. Todo regresa. Tenemos la memoria de un pez o preferimos tenerla. Así es más cómodo. Los padres ven cómo sus hijos se visten como ellos se vistieron cuando creían que reventaban el mundo. Pantalones de campana, pantalones pitillo, pantalones de campana, pantalones de pitillo. Y así la secuencia. En el pasado está el futuro. Y es que al final todo tiene un precio. Y el mercado es como una noria en la que los expositores que cayeron en el olvido se dan una vuelta y retornan con las décadas. Ves a esos chavales que creen que han descubierto la libertad con la misma moda que usaban sus mayores. Es curioso, encima no hay ninguna libertad en esas prendas, en esas marcas que lo único que hacen es buscar el legítimo negocio. Marcas que nos marcaron a nosotros, y que marcan ahora a nuestros hijos, unos y otros como rebaños de ovejas. Es el bucle, pero aplicado a la apariencia para encontrar el poco dinero que hay en las carteras.