Fueron muchos los que forzaron a Suárez a dimitir. Sus propios correligionarios, la oposición y hasta don Juan Carlos, que, llegado el momento, le retiró su confianza. Pero su peor enemigo fue el Ejército franquista. A pesar de que las Fuerzas Armadas existentes a la muerte del dictador eran bananeras, se contaban con los dedos de una mano los generales que vieron bien que un joven de escasa formación intelectual, un arribista como muchos le denominaron, accediese a la presidencia del Gobierno. Suárez tuvo su particular contencioso con la cúpula castrense, salvo Gutiérrez Mellado y pocos más, desde el mismo día de su nombramiento. Son célebres los momentos de extrema tensión en los cuales abroncaba a algún militarote gallito, ordenándole que se cuadrase ante su presidente. Pero, curiosamente, el Ejército que tanto lo denostó lo convertiría en un personaje de leyenda. El 23-F, en donde esos mismos generales utilizaron a un guardia civil como títere para lograr sus involucionistas objetivos, hizo todavía más grande al abulense. Ya había demostrado que era un zoon politikon (animal político, según Aristóteles), pero aquel día demostró que también era un valiente, que supo llevar con suma dignidad, y hasta el último momento, su cargo de presidente del Gobierno.