La historia de la corrupción es como un saco sin fondo. El bolso de Mary Poppins, la chistera del conejo. Todo cabe, por lo que se ve, y no hay día que no aparezca un nuevo episodio que -la Justicia dirá- reúne méritos para estar en la crónica de las gamberradas. En el menú del día dos casos bien distintos, pero igualmente inquietantes. De primero: al alcalde de Ourense lo acusa la oposición de haberse gastado dinero del Plan E en construir aceras para su chalé. De segundo: un ex alto cargo, responsable de gestionar fondos públicos para la formación y el empleo, es condenado por haber trampeado las nóminas y llevarse unos duros de más. Uno y otro proclaman su inocencia, claro; el segundo pese a haber sido sentenciado, porque dice que la Justicia es tan lenta que resulta él el damnificado.
Ya no hace falta estar en campaña, como en los viejos tiempos, para que se remuevan las cloacas. Quizás porque la campaña ya es perenne, el hedor es permanente. Los partidos son el pilar necesario para la democracia, pero son ellos mismos los que lo están dinamitando, por mucho que busquen culpas en quienes no hacen otra cosa que repudiar un modelo insano. Cuando creen que se toca la médula de la cuestión, cierran filas. Un ejemplo, también de ayer: el PSOE encuentra munición política en el escándalo de Ceuta y Melilla, pero evita pedir la dimisión del ministro. Sería tanto como dirigir el tiro contra Rubalcaba, que también fue responsable de las concertinas.
Si se permite una broma con algo tan poco gracioso, podría decirse que ante tal panorama no es extraño que cada día 43 gallegos escapen al extranjero. Aquí, ni trabajo ni decencia.