Doble devaluación interna: salarial y fiscal


Una vez que se ha trabajado a fondo la devaluación salarial para, pretendidamente, ganar competitividad, los expertos fiscales del Gobierno aconsejan acometer ahora una segunda devaluación fiscal. Si la primera consiste en convertir a un mileurista en un privilegiado del mercado de trabajo español, la segunda consistirá en hacer que ese ocupado, que gana seiscientos euros al mes en un empleo temporal, siga soportando una mayor carga fiscal que buena parte de los que declaran una igual renta no salarial.

Si la primera devaluación interna (la salarial) ha visto evaporarse sus efectos competitivos a causa, por ejemplo, del encarecimiento de los consumos energéticos o de la revaluación del euro, esta segunda devaluación provocará graves desequilibrios en la financiación de nuestra Seguridad Social y alimentará, aún más, nuestra ya ingente economía sumergida. Si a eso le sumamos los efectos inflacionistas vía impuestos al consumo interno, el repunte de la demanda interna queda para otra ocasión.

Y tampoco en este caso los esperados menores precios de los productos exportables por obra y gracia de los menores costes salariales indirectos (rebaja en cotizaciones a la Seguridad Social) cabe esperar que tengan mejor fortuna. Esa milonga entrañable de que vamos a cambiar un mayor IVA por menos parados. Pues poco podrán esos menores costes frente a la inflación difusa que impulsan los oligopolios de todos los mercados cautivos (desde la energía hasta los financieros), o contra la mano de hierro merkeliana que presume de que tenemos un euro cada vez más fuerte. Un euro que se traga las pretendidas ventajas de esas devaluaciones internas para incrementar nuestros mercados exportadores extracomunitarios.

Sin embargo el diagnóstico de este via crucis español de devaluaciones, a día de hoy, es ya impresionante: un país estancado, con una tasa de paro y desigualdad galopantes, que con una demanda interna agónica sube impuestos al consumo y se asoma al borde de la deflación, y en el que se asume con resignación que los servicios públicos y las prestaciones sociales tienen un futuro sombrío.

Lo que se dice un horizonte estimulante, sí señor.

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