El viernes es el Día Mundial de las Personas con Síndrome de Down. Ojalá no fuese necesario celebrarlo. Pero cuando se discute hasta el derecho más elemental de estas personas, que es el derecho a nacer (nítidamente recogido en la Convención de derechos de las personas con discapacidad), esta celebración es más necesaria que nunca. Nuestra sociedad debe aprender a valorar de verdad la dignidad humana y los derechos de las personas con síndrome de Down, debe aprender a verlas como una parte más de la diversidad humana, a la que enriquecen como el que más.
También es una buena ocasión para recordar que las familias en las que hay un miembro con síndrome de Down tienen que construirse sobre valores y conductas encaminadas hacia la autodeterminación y la calidad de vida, no sobre el paternalismo y la sobreprotección.
Al mismo tiempo, las escuelas tienen que ser realmente inclusivas, con todo lo que esto significa; entre otras cosas, medios adecuados y suficientes, y profesores que gocen y aprovechen la diversidad del aula, que apoyen y acompañen con empatía a unos padres que no pocas veces tienen unas expectativas desproporcionadas y desenfocadas.
Ni lo uno ni lo otro es tarea fácil, eso está claro. Pero es el único camino para ser sociedades inclusivas, progresistas y verdaderamente democráticas. Todo lo demás es cinismo e hipocresía elevados a corriente sociocultural.