En el mundo de impulsos digitales en que vivimos, parece que los pensamientos y las frases arden al instante. Son reducidas a cenizas con vértigo. Pero hay frases que se cuelan. Como esa mujer que escribe «hay mujeres que cuentan ovejas para dormir, yo prefiero contar hombres para no dormir». Mujeres que viven sin complejos. Que hacen frente al destino y que lo cuentan en libros deliciosos. O hombres que inventan mujeres atrevidas (que mujer no lo es, cuando desgraciadamente todavía serlo es una aventura). Me refiero a la centenaria cocinera que crea el francés Franz-Olivier Giesbert en su novela La cocinera de Himmler. Una mujer que le sirve para contar una época. Para deslizar frases que también quedan. Cultura que deja poso. Reflexiones que deberíamos enmarcar. Como cuando el autor dice que «la Historia demuestra bien toda la necedad humana». O cuando nos recuerda ese siglo XX de violencia constante, de hombres como Stalin, Hitler o Mao, capaces de matar sin piedad. Y el problema es que no aprendemos. Y que todavía a veces parece que caminamos por un siglo XXI que quiere ser eco de lo peor del siglo XX. Y tiene razón Giesbert, nada como escuchar a las mujeres, siempre.