El estado de la sociedad

OPINIÓN

Comprobando cómo se han desarrollado las intervenciones, el debate sobre el estado de la nación parece que no vale más que para resumir lo que los distintos partidos políticos suelen decir a lo largo del año en mítines y declaraciones varias. Se confirma al examinar las resoluciones aprobadas: una serie de buenos deseos que poco comprometen o que reiteran propuestas gubernamentales ya adelantadas o acuerdos ya tomados. No se han dado prácticamente consensos sobre asuntos que lo merecen.

Una parte fundamental del estado de la nación es el de la sociedad. En ello puso todo su empeño dialéctico Rubalcaba al espetarle al presidente Rajoy en qué sociedad vivía. Se pretendía establecer una dicotomía tajante entre la posición de uno y otro, arropándose en una disyuntiva, derecha-izquierda, que no se corresponde o no debería corresponder al radicalismo de tiempos pasados. La fuerza dialéctica de la laudable apelación social se pierde cuando la descripción de hechos, que el Gobierno es el primero que no puede negar, no va acompañada de unas soluciones concretas y creíbles. La endeblez aumenta cuando la sociedad recuerda que participó en un Gobierno que la misma sociedad rechazó de un modo inusualmente mayoritario. Es obvio que me refiero a la política económica que ocupó la mayor parte de su intervención probablemente por entender que, pese a intentar atraer la atención hacia otros temas con mayor carga ideológica, es lo que prioritariamente preocupa a la mayor parte de la sociedad.

Esa es, al parecer, la misma apreciación de Rajoy, con la ventaja de que puede esgrimir datos macroeconómicos positivos que permiten razonar que los negativos hechos enunciados pueden ser mejorados. El discurso no ilusiona, pero una mezcla curiosa de escepticismo y esperanza, a partes no siempre iguales, resulta lo único a que puede agarrarse la parte de la sociedad a disputar, ante la carencia de una alternativa. La sociedad está presente en el debate, pero se la contempla a través de las lentes partidarias, en función de los posibles resultados electorales. Desde de ahí se explican los tonos de los discursos. Lo primero es mantener a los fieles para las próximas y las no muy lejanas elecciones. A eso se conforma la prioridad y el énfasis de los temas a programar. En unos casos las convicciones se disimulan o se acomodan para no entorpecer el éxito o, por el contrario, se radicalizan para conseguirlo.

La sociedad tiende a ser vista como un instrumento electoral. Desde esa perspectiva la libertad democrática pierde quilates. Fomenta el desapego de la sociedad respecto de sus representantes. El estado de la sociedad no se deduce solo del análisis económico de la situación. La eficiencia no sustituye a la justicia, ni la corrupción es solo vulneración de la ley. Al final hemos de preguntar por pautas de conducta, por los valores socialmente vigentes. Probablemente concluiríamos, discrepancias por medio, que la sociedad dista de estar en la mejor forma.