Hoy se enfrentan en el Congreso dos líderes con la credibilidad por los suelos, que provocan desconfianza en la gran mayoría de la población, incluso entre sus propios votantes, y a los que tenemos ya muy vistos. Rajoy y Rubalcaba llevan toda la vida en la política, son incombustibles y nos lo sabemos prácticamente todo de ellos, sus virtudes y sus defectos. Sus carreras políticas son paralelas, han ocupado los mismos cargos, salvo el más importante, presidente del Gobierno, que el gallego consiguió al tercer intento. Pero la cuestión es si los ciudadanos de a pie esperan algo del debate del estado (malo) de la nación, que debería ser la cita clave del año parlamentario. La respuesta es un rotundo no. Más de lo mismo. Déjà vu. Triunfalismo mal disimulado por la incipiente recuperación económica por un lado y negativa a reconocer cualquier atisbo de mejoría por el otro. Debate estéril con las elecciones europeas como telón de fondo, lo que hará que Rajoy realice algún anuncio, como la pregonada y no concretada bajada de impuestos, y Rubalcaba eleve el tono para decir que todo va peor y tratar de dejar en evidencia al Gobierno por el paro, el aborto, las muertes de Ceuta o la corrupción. Fuegos artificiales. La ciudadanía está cada vez más harta de la clase política, como muestran tozudamente las encuestas. Pero esta solo se da hipócritas golpes de pecho, cambia alguna cosa para que todo siga igual y tira para adelante como si nada. No es extraño que este debate levante cada año menos expectación. La gente no quiere más palabrería, propaganda y choques dialécticos de cara a la galería, sino medidas, propuestas, alternativas constructivas que contribuyan a solucionar sus problemas, más allá de las grandes cifras.