A raíz de una conversación de actualidad, que seguro ustedes ya imaginan, el debate derivó hacia el amor y sus consecuencias. Y la verdad, no tengo una opinión clara al respecto. El caso es que me encantaría tenerla, pero no, debo confesarles que no la tengo. Por más vueltas que le doy, no sé dónde la razón debe imponerse a la confianza, la cabeza al corazón.
No quiero ni imaginar el momento en que el interruptor de la desconfianza se activa, salta la alarma y, de repente, aquel sueño maravilloso se convierte en una destructiva pesadilla. Como dice una amiga, el amor es fatal y a cierta edad, peor.
No podemos olvidar que es precisamente cuando estamos enamorados cuando más vulnerables somos, y sin embargo, nos creemos omnipotentes, lo que nos hace doblemente vulnerables.
Dicho esto, quien no haya cometido alguna locura por amor que tire la primera piedra. Y francamente, si hay alguien que la tire con honestidad, me da un poco de compasión. Creo que uno se conoce más en ciertas circunstancias espinosas de la vida. Y cuanto más te conozcas, más consciente seas de tus debilidades, más fuerte serás, más crecerás. ¿Quién no ha atentado contra sus creencias, es decir, contra sí misma por amor? O ¿quién no ha depositado en alguien su confianza y ha sido traicionado? Por desgracia, eso pasa incluso entre miembros de una familia. Y cuando te pasa, lo peor no es lo que se llevan, es lo que dejan para siempre en tu alma.
Daría algo por tener claro hasta dónde se puede amar. Hasta qué punto se debe confiar. Dónde están los límites. Y ustedes, ¿tienen claros los suyos?
Por mi parte, como de lo poco que he aprendido en la vida es que los nuncas y los jamases siempre te caen encima, prefiero no sentenciar, porque eso es lo que tiene la soberbia, que, como el amor, siempre cae sobre ti con todo su peso.
Ya lo decíamos de pequeñas: el amor es ciego, pero los vecinos, no.