Alemania 63-España 67

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

09 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo de ser especial es la clásica excusa que esgrimen los padres para justificar las trastadas de sus retoños.

-Oiga, que su hijo le ha prendido fuego a la catedral.

-Es que Toñito es especial.

-Acabáramos.

Alemania, como los niños traviesos, es especial. Para comprender el misterio y la especialidad de ser alemán basta con leer a Julio Camba, que era el hombre menos alemán del mundo: «Yo soy el hombre menos alemán del mundo, y tengo una gran dificultad para las cosas difíciles. La vida en Alemania es sumamente difícil, porque los alemanes no entienden la vida fácil. Es más difícil, naturalmente, porque está en alemán».

Al contrario que Camba, que era de Vilanova de Arousa, Angela Merkel es la mujer más alemana del mundo. Es alemana por partida triple. Nació como alemana del Oeste, luego mutó en alemana del Este y desde 1989 es una alemana reunificada.

Angela Merkel es tan alemana y tan especial que a veces hasta los propios alemanes se asustan un poco de su ortodoxia, su austeridad y su miedo atávico a la inflación. A los niños alemanes, de noche, en lugar de asustarlos con lobos feroces y sacamantecas les dicen que va a venir la inflación y se va a zampar sus peluches. Los niños teutones, apirolados, duermen con el culo apretado y un ojo abierto por si el IPC sale del armario.

Ahora Merkel ha tenido que pactar con los socialdemócratas, que como son alemanes son unos socialdemócratas muy a su manera. Y, aunque estos del SPD no son precisamente unos rojos peligrosos ni mucho menos, la canciller se ha visto obligada a aflojar un poco la correa del contribuyente. Le ha dicho a sus paisanos que, hala, ya se pueden jubilar a los 63 años. A lo loco. Los alemanes, amantes de la dificultad y la complicación, todavía no han reaccionado ante este allanamiento de su vida privada. Recelan, porque todo parece demasiado sencillo y bonito para ser real.

Eso sí, que nadie se despiste. La ley de vagos y maleantes sigue en vigor para los inquilinos de los países del sur. Y los españoles (o como se diga), esos a los que Berlín y Bruselas sacan de los lomos las ya escasas mantecas sin ni siquiera leer antes el cuento de la inflación feroz, tendremos que seguir remando al menos hasta los 67 tacos en el puesto de trabajo. Y al ritmo del tamborilero psicópata de Ben-Hur, que ahora gasta traje y corbata del FMI. Porque todavía hay clases y Alemania, ya lo dijo el inagotable Camba, es especial.