El monstruo en la piel del genio


No es el caso de Woody Allen el primero, ni por desgracia será el último, en que un ser abominable es capaz, sin embargo, de crear obras geniales, admiradas, generación tras generación, por cientos de miles, cuando no por millones de personas.

Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), que comparte con el inigualable Marcel Proust el gran honor de ser el autor más leído y traducido de la literatura francesa de la pasada centuria, fue un repulsivo antisemita, que escribió panfletos execrables contra los judíos y colaboró con los ocupantes alemanes, al mismo tiempo que legaba a la posteridad un libro maravilloso e inmortal: el Viaje al fin de la noche. Carl Schmitt (1888-1985) contemporáneo de Céline, y a juicio de muchos, entre los que me encuentro, uno de los juristas europeos más brillantes de todo el siglo XX, tuvo el inmenso talento de escribir, entre otras grandes obras, una admirable Teoría de la Constitución, pero ese talento no le impidió colaborar activamente con un régimen -el hitleriano- que asesinó a más de seis millones de judíos.

Las diferencias entre Céline o Schmitt y Woody Allen son, sin duda, numerosas, empezando por la envergadura de sus iniquidades, que no es, desde luego, equivalente. Pero sí lo es, para dolor de todos los que admiramos la obra cinematográfica de quien ha cultivado su profesión con una sensibilidad y un ingenio portentosos, el hecho de que sus cualidades como artista no hayan impedido a Allen comportarse en su vida familiar como un auténtico canalla y un presunto criminal: el cineasta se casó con una de sus hijas adoptivas, después de haber mantenido relaciones sexuales con ella cuando tan solo era una niña, y acaba de ser denunciado por otra de sus hijas adoptivas, por idénticos motivos: la joven ha contado ahora, con pelos y señales, una terrible historia que persigue al director de cine desde hace mucho tiempo.

Si lo que ha hecho Allen con sus hijas lo hubieran hecho con unas niñas un obispo, un político, un profesor o un periodista (y podría seguir enumerando hasta el cansancio casos hipotéticos) el escandalazo sería formidable y daría lugar no solo a la exigencia de las responsabilidades penales que pudiera ser del caso sino que condenaría a los autores de esos actos a un merecido ostracismo social: el que sufrieron, por los suyos, por ejemplo, Céline o Carl Schmitt.

Pero Allen, príncipe de la intelligentsia progresista en Estados Unidos y en Europa, está protegido por una patente de corso que hace de él un intocable. Él ha abusado de unas niñas, pero todo el mundo le ríe las gracias, empezando por esos amigos de la farándula cinematográfica a quienes su hija denuncia ahora, llena de rabia, como sabedores en silencio de las fechorías de su padre, ese monstruo que se esconde bajo la fina piel de un genio.

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El monstruo en la piel del genio