Ucrania es un vasto país que obtuvo su independencia en 1991. Se encuentra dividido geográficamente en una zona occidental, forestal, frente a una zona oriental esteparia, considerada una de las áreas más fértiles del planeta y que ha permanecido bajo dominio ruso desde Catalina la Grande. Debido a ello, hoy, la zona occidental donde se ubica la capital, Kiev, se siente mayoritariamente ucraniana frente a la oriental, que se considera rusa.
Esta división geográfica y humana se proyecta en la afinidad política de los habitantes: los occidentales son proeuropeos, frente a los orientales, como el actual presidente Yanukóvich, que son prorrusos. El anterior gobernante, Yutshenko, envenenado con dioxinas supuestamente por exmiembros del KGB, durante su mandato intentó hacer frente al empuje ruso, lo que supuso el corte del suministro de gas y la asfixia económica de Ucrania.
Para Putin, que aspira a reconstruir la anterior URSS con una Unión Aduanera Euroasiática, Ucrania no solo es su «granero», sino el paso obligado para el transporte de crudo y sus derivados. Perder la influencia sobre Ucrania supondría perder la posibilidad de un nuevo imperio ruso y dejar indefenso el flanco occidental por donde siempre entraron las invasiones. Para Ucrania, alejarse de Rusia supondría liberarse de un yugo histórico e iniciar un nuevo rumbo. Yanukóvich debe decidir si primará la voluntad del pueblo. De él depende que la oposición siga peleando en las calles y que el Ejército siga conteniéndose o no frente a las masas que osan romper la disciplina que garantizaba la represión de los tiempos soviéticos.