Por fin, después de arrojar su programa electoral a la basura, por inservible, el Gobierno ha encontrado la piedra filosofal que nos permitirá superar nuestras miserias: el santoral. El feliz descubrimiento obedece a una lógica inapelable: una crisis de dimensiones bíblicas solo puede ser abatida con milagros como la multiplicación de los panes y los peces. Y esa competencia pertenece en exclusiva a la corte celestial, por más que Rubalcaba, poco ducho en la interpretación de textos evangélicos, se empeñe en atribuir dotes mesiánicas a Mario Draghi y capacidad sanadora a una palabra suya.
La ministra de Empleo lo supo desde maitines. Por algo Fátima Báñez forma parte de «un Gobierno como Dios manda», según precisa definición de su jefe de filas. En junio del 2012, agobiada por la calamitosa herencia recibida, la devota ministra solicitó la intercesión de la Virgen del Rocío para erradicar la lacra del desempleo. Y su invocación comienza a rendir frutos ahora: 69.100 parados menos en un año son la prueba irrefutable de que, efectivamente, la fe mueve montañas. Aunque siempre quedan fieles insatisfechos que, rozando la herejía, reprochan a la Virgen su escasa diligencia y reniegan de los milagros a plazos. Y paganos irredentos que acusan a Nuestra Señora de realizar, en vez de un milagro divino, un mero truco de magia que escamotea 200.000 empleos tragados por el sumidero, o 276.000 activos que se han escurrido por los caminos de Europa, y extrae triunfalmente de su corona -¡ale hop!- una cola del paro decreciente. Fieles insatisfechos y paganos irredentos: gentes de poca fe.
Tiene mérito Fátima Báñez. O Alberto Ruiz-Gallardón, de quien acabamos de saber que su ley del aborto, si bien de inspiración episcopal, persigue incrementar la natalidad para relanzar la economía. Pero el ministro de mi predilección no es otro que Jorge Fernández Díaz. Nadie como él sabe propiciar la ósmosis entre bolsillo y espíritu. Con todo el peso de su autoridad en la materia, acaba de designar a santa Teresa «intercesora en estos tiempos recios». No sabemos si la decisión obedece al fervor del ministro del Interior por la figura de la santa o si, únicamente, trata de desviar responsabilidades gubernamentales hacia los cielos. O ambas cosas.
Nada cabe objetar a la devoción del ministro, pero reconozcamos que no destaca por su originalidad: Franco dormía con la mano incorrupta de santa Teresa en la mesilla de noche. La reliquia era su talismán. Se la había arrebatado a los rojos y cuando las carmelitas descalzas, sus legítimas propietarias, la reclamaron, un capellán justificó la negativa del dictador a devolverla: «La mano no se pierde, se va con el Caudillo para guiarle en la conducción de la patria».
En torno a la mano de la santa se organizaron rogativas para combatir sequías pertinaces y Franco las apoyaba inaugurando pantanos. Tal vez los ministros deberían tomar nota: recen a los santos cuanto quieran, pero ayúdenles a realizar los milagros. Y no solo con antidisturbios.