Contaba que cuando los del furgón municipal vinieron a buscar el cadáver de su tío Juan se fueron muy mosqueados porque el difunto no solo parecía un pajarito (era literalmente un muerto de hambre), sino que había entrado en la muerte cantando un insolente pío pío que a los funcionarios les parecía una total y absoluta falta de respeto por parte de un cuerpo que zarpaba rumbo al crematorio. Lo contaba, como si nada, cuando le preguntaban una vez más en qué demonios consiste eso de la poesía. No podía dormir por culpa de las dictaduras, de los desaparecidos, del capitalismo, de los niños de cinco años muertos de hambre como su tío Juan. Soñaba con ser más alto que el Sol y con los amores entre Stanley Hook y su sapo. A veces se tocaba la garganta como rascándose el crepúsculo. Se llamaba Juan Gelman. Y sabía que, al final, la poesía siempre está en pie frente a la muerte, escupiéndole a la cara su insolente pío pío.