Después de la apoteosis

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

16 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Que un presidente de Estados Unidos reciba a un presidente español parece un acontecimiento histórico. El Gobierno lo prepara con esmero. Los medios envían tantos periodistas que no caben en la rueda de prensa y hay que dejar fuera a la mitad; parece una rueda de Hollande. La foto del evento es la más valorada por la Moncloa e incluso compite con éxito con Ronaldo y su balón de oro. Y el protagonista de la historia consiguió lo buscado. Iba a vender imagen de España y la suya propia y la debió vender bien, porque regresó de la Casa Blanca con una alabanza que al presidente le gustaría escuchar de sus propios votantes: su gran liderazgo para estabilizar la economía. A Rajoy le hubiera gustado más la palabra recuperación, pero Rajoy trae moral para varios meses y Obama le regala el antídoto contra la depresión de algunas encuestas.

Conclusión: el viaje salió bien. Incluso muy bien. Escuchados algunos empresarios que lo acompañaron, hasta parece que le arrebata al rey el título de «mejor embajador de España». Escuchado el ministro de Exteriores, que es el del ramo, se ha vuelto a cambiar la historia. Y hasta un periódico crítico con el Gobierno se apresuró a redactar un editorial que ensalza el éxito. Yo me apunto a la corriente. No me quiero quedar atrás en medio del ensalzamiento nacional. Enhorabuena, presidente. Ojalá sea la señal de que los aleluyas de estos días se confirman: que el mundo ya cree en España, que no somos el pupas que amenazamos la estabilidad de otros y que incluso somos un país de fiar. Como diría un analista económico de millón de euros, estamos en el buen camino.

Lecciones políticas: cuando las cosas se preparan bien, salen bien; cuando hay voluntad de acercamiento a quien interesa, el entendimiento se produce; cuando se cree en un proyecto como Rajoy en sus reformas, hay algo que defender con seguridad; y cuando el viajero se deja acompañar por la sociedad civil -en este caso los grandes empresarios-, hay posibilidades de hablar el lenguaje que habla la sociedad. Es decir, echando mano de la nostalgia, se hace normal en la gran política lo que a nivel de calle es simplemente normal.

¿En qué estoy pensando? En lo mismo que usted: en que a lo mejor el nuevo gran embajador podría resolver lo de Cataluña si diera señales de que se lo propone; en que el diálogo del que hablan los empresarios, desde Fainé a Florentino, a lo mejor se podría mantener; en que el problema del paro detectado por Obama se podría aliviar si hubiera alguna iniciativa más que dejarlo a los vaivenes del mercado. Perdón, presidente: son sueños románticos. Solo los expongo porque, modestamente, me marean las alturas y estoy enviciado en mirar el panorama nacional.